Las saliencias y la verdad verdadera

Cómo conocemos el mundo es, en mi humilde opinión, la gran pregunta de la filosofía (occidental, al menos). El interrogante ha estado alojado en el pensamiento de nuestros grandes sesudos a lo largo y ancho de la historia; y la pregunta ha infiltrado sus aceites a otras disciplinas como la psicología o la antropología.

Aquí no hablo del conocimiento científico, sino de ese GPS cognitivo cotidiano, que nos permite reconocer los nombres y los significados de las señales, de los objetos, las emociones, las situaciones y hasta las personas. Hablo de ese racimo de verdades que nos permiten movernos por el mundo sin dudar del suelo a cada paso.

Saliencias

El concepto de la saliencia cognitiva me parece especialmente interesante: viene a decir que aprendemos del mundo (cotidiano) por aproximación:

Nuestra percepción del mundo sería totalmente caótica si no dispusiéramos de la capacidad de categorizar, de agrupar elementos (objetos, situaciones, personas, etc.)

Prueba a imaginar una manzana. La imagen que se suele venir a la cabeza es una manzana roja, brillante, redonda y perfecta. Acaso con una hojita verde. Ese prototipo o concepto estereotipo se conoce como saliencia. El ejemplo sirve para cualquier categoría: tenemos saliencias de lo que es un español, una cena en un restaurante, una playa o un queso. Por no hablar de los cuerpos.

Verdad Verdadera

La pregunta de cómo adquirimos ese racimo de verdades ocultas en las saliencias- y de paso, cuánto de cierto guardan en sus sarmientos- es especialmente relevante para el policulturado, porque las verdades, como la vida, son de asiento fácil, y levantarnos de aquella en la que nos sentamos por primera vez no es nada sencillo. Lo que aprendimos antes siempre jugará con ventaja. Para quien habita el mismo mundo sin mayores cambios que los que trae el tiempo, las verdades se erosionan, se contorsionan, pero a una velocidad que hace que los cambios transcurran de forma imperceptible.

Sin embargo, el proceso de instalarse en una nueva cultura es esencial e inevitablemente una obra de artillería cognitiva: aquellas verdades que nos aseguraban el suelo son carne de demolición- algo, por otra parte, altamente enriquecedor. Las saliencias son constantemente retadas porque en nuestro neopaís la saliencia está un poco más a la derecha, a la izquierda y todo lo contrario. Y así, nos encontramos con quesos, cuerpos, playas, cenas de restaurante y hasta con conceptos de español distintos al primero que aprendimos.

El habilidoso vividor policulturado podrá extraer piedras preciosas de esta demoledora experiencia:

La primera, el cuestionamiento de la verdad verdadera, inmóvil, única y monocrómica. Quitarle hierro a la verdad y abrir bien la escucha a las otras versiones de la manzana son disposiciones atesorables.

Y cuando digo manzana, digo horas de comer, el transcurrir de una fiesta o la forma de trabajar. Tampoco quiero decir que a uno le tenga necesariamente que gustar esa nueva saliencia. Por supuesto que no. Pero sólo el hecho de dejarla entrar como posibilidad es ya valioso de por sí.

La segunda, la concienciación de los aspectos positivos y negativos del estereotipo o la saliencia: saber que sin ellos nuestro mundo sería un caos, pero usarlos como el vino: con pasión, pero con moderación y responsabilidad. En especial cuando se aplican a las personas, en cuyo caso pueden ser altamente perjudiciales.

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