¿Solo aporofobia?



Se habla mucho de la tesis que sostiene que en nuestra sociedad no hay xenofobia, sino aporofobia, no se odia al extranjero sino al pobre. Si alguien es rico deja de ser un inmigrante para ser un extranjero. Esa es solo una verdad a medias, o incluso, presenta unas contradicciones importantes.

Mientras pienso que es un acierto señalar la fobia al pobre, algo que, por cierto, no es universal, considero que difundir la idea de que en realidad no hay xenofobia es un craso error. Hacerlo invisibiliza la creciente presencia de la discriminación étnica, que es uno de los grandísmos males de la humanidad, con un pico crítico en nuestro tiempo, cuyas últimas consecuencias contemporáneas están aún por desatarse, pero han comenzado a mostrar su faz.


¿Aporofobia?

No en todas las sociedades es así: es mucho más agudo en sociedades jerarquizadas, como la española. En la nuestra existe, sin duda.

Pero, en realidad, la cuestión tiene algo que ver también con el objeto de este post, porque nos trae la pregunta del huevo y la gallina. ¿Es el extranjero más pobre por su condición de humano-móvil? Mudarse, dejar la tierra está ligado a una caída automática de estatus, lo que conlleva una precarización socioeconómica del migrante, sea cual sea su condición en su lugar de origen. Esto no me lo invento, basta un rápido vistazo a los artículos académicos publicados al respecto. Claro que uno siempre puede recurrir a las minúsculas excepciones, como los futbolistas o los artistas. Excepciones. Y ni eso, porque a ellos también les toca su parte de pero si tú no eres de aquí.


Turistas

Mientras, la idea de que no se rechaza al turista porque trae dinero, en realidad es un poco más compleja de desarrollar. Es interesante señalarlo, porque ciertamente a nivel institucional se favorece la entrada del extranjero fugaz mientras se cierran las fronteras al que viene para quedarse. Por ejemplo, la presión demográfica de una ciudad, o las culturas locales sufren tanto más por la presencia de visitantes de corta estancia que por quienes vienen a quedarse. Los beneficios de mestizaje, por cuanto esto supone un enriquecimiento no abrasivo de la cultura local, la creación de tejido social de la llegada de extranjeros con residencia permanente no excluyen tampoco las probadas ventajas económicas.

Ahora bien, tampoco es cierto que no exista la turistofobia. El rechazo a este flujo humano cáustico es creciente.


¿Aporofobia más acentuada cuando se trata de un extranjero?

Sin dudarlo. No es lo mismo un pobre de fuera que uno de los nuestros. Mírese, por ejemplo, los bancos de alimentos para los de aquí o el argumento de Primero a los nuestros y luego a los demás. Que está extendidísmo.

El concepto de los nuestros, es también muy relativo: en España tenemos unas xenofobias internas bastante gruesas, entre regiones, por ejemplo, pero también tenemos la comunidad roma, los gitanos, que por más siglos que hayan estado en el territorio y por más grandísimos aportes a nuestra cultura en manifestaciones artísticas como el flamenco, siempre serán los otros.


Pobre, extranjero o del sur

Eso, repito, no significa que el mestizaje de los dos factores, pobre+extrajero+ del sur no suponga un factor de alta peligrosidad en cuestiones de fobias. Por supuesto.

De nuevo, creo que es, precisamente por eso, especialmente relevante plantearse la pregunta del huevo y la gallina. Nos molesta el extranjero, antes de que nos moleste su pobreza. Por eso no le damos acceso al mercado laboral formal —la otra historia es el mercado paralelo de empleo informal, marginalizado, exento de todo derecho laboral, y de paso, humano.

En esta misma linea, se señala a menudo la disyunción entre la ciudadanía, es decir, los derechos asociados a residir en un territorio y el lugar de origen. Para empezar, el migrante no tiene derecho al voto como cualquier otro ciudadano de nacionalidad no adquirida. Esa, que es de por sí una grave carencia en materia de ciudadanía, es solo uno de los terrenos en los que el migrante, sea cual sea su estatus socioeconómico, se encuentra en situación desfavorecida con respecto a los nacionales. Por ejemplo, la ley danesa obligaba a quien obtenía el permiso de residencia a firmar una declaración en la que se juraba no pedir nunca recursos al estado (danés). Es decir, que si el residente se quedaba en paro o lo perdía todo, no tenía derecho a pedir nada. Huelga decir que la declaración no decía nada de eximir al extranjero del pago de impuestos.


Sospecha

La migración está sometida, sea cual sea su condición, a una problematización o denostación crónicas.

El esfuerzo que tiene que hacer alguien de fuera para granjearse un respeto laboral o social es mucho mayor que el del local. Y aun cuando lo consigue, la sombra de la sospecha siempre ronda a su alrededor.

Recientemente vi que algún político italiano difundía, sin saberlo, una foto de dos antiguos jugadores de la NBA que posaban en alguna calle italiana con las bolsas de las tiendas de lujo en las que habían comprado. El político escribía: ¿de dónde habrán sacado el dinero estos inmigrantes?

Y lo mismo ocurre si alguien ve, por ejemplo, a un roma al volante de un coche lujoso.

Es cierto que el factor norte-sur tiene una importancia innegable, la sospecha se atenúa cuando se trata de un extranjero del norte, pero tiene que quedar claro que esa fobia hacia el norteño existe también.


Otros ricos que sufrieron/sufren la xenofobia

Quien atribuye en exclusiva el rechazo a los migrantes por su condición de pobreza olvida, por ejemplo, algo un ejemplo tan contundente como que el plan hitleriano de exterminar a los judíos tenía más bien sus raíces en el caso contrario: su riqueza.



Negar la existencia de la xenofobia es dañino. Es aporofobia, sí, pero también rechazo a lo que viene de fuera. Y a veces la pobreza está causada por una enorme dosis de xenofobia. Esta existe, y es, en sí misma, una lacra para la humanidad, la madre de muchas desgracias. Y debería ser un proyecto ético global y prioritario acabar con ella, y el primer paso es no invisibilizarla o negar su existencia.




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