Coropostales VI: Factores culturales


Si hay algo que sabemos con certeza con respecto al maldito virus es que de él sabemos poco o muy poco.

Algunos de los interrogantes versan sobre las diferencias en su carácter expansivo en diferentes lugares del mundo, aun dentro de unos márgenes bien pobres que deja la inevitabilidad meramente biológica y que no hay que olvidar ni al ir a comprar el pan.

Tampoco pueden obviarse las enormes diferencias que puede haber en los conteos, tanto a la hora de aplicar criterios de categorización como en los procedimientos a seguir, la velocidad, la transparencia con que se ofrecen los resultados. Esto puede ocasionar una distorsión comparativa supina. Las cifras podrían parecer más diferentes de lo que en realidad son. Obviamente hay también poderosísimas razones políticas para el embellecimiento estadístico.

Ahora, dentro de los vericuetos de la impepinabilidad del virus, hay algunos factores en el comportamiento grupal, AKA cultural, que sin duda dibujan la trayectoria del infame bichejo.

El grado de corporalidad de la socialización es un factor evidente. La cercanía física en las culturas mediterráneas en comparación con otras, por ejemplo. Nos besamos, abrazamos, nos tocamos más y, por lo general, la distancia interpersonal es considerablemente menor. Hay trazados urbanos más densos, no solo por condiciones socioeconómicas —que también, claro, tienen su importancia— sino, por ejemplo, por las influencias árabes.

Tenemos, además, algunas cuestiones a la hora de compartir. Compartimos todo, los gérmenes no iban a ser menos. La higiene, como ya dijo hace unas cuantas décadas Mary Douglas, dista mucho de ser objetivable universalmente. Cada cultura guarda sus reglas, obvia otras, y dado que la asepsia no solo es imposible, sino que es indeseable, no es legítimo postular, en justicia, aquello de

son unos guarros.

Por ejemplo, creo que ya mencioné el polvorín de difusión infecciosa de las tapas. El tránsito tenedor1-boca1-plato-tenedor2-plato-boca2-plato-tenedor3-boca3 etc, es una excelente forma de colectivizar patógenos. Y la ofensa social que supone intentar protegerse de ellas. Es muy difícil decirle a alguien que está enfermo que no meta el tenedor en la ensalada sin causar un cierto malestar. De hecho, no se dice. Es parte de nuestra manera de socializar.

Anoto que el comportamiento de los grupos de personas —y no exclusivamente grupos culturales, pueden observarse patrones en otros tipos de grupo: edad, perfil socioeconómico, etc.— no significa, de ninguna manera, que haya ninguna cultura libre de las inclemencias, y eso han creído unas detrás de otras, que solo les toca a los demás. Por desgracia.


Eso sí, como alguien dijo, los mediterráneos estamos sufriendo con mayor intensidad estar lejos los unos de los otros: se sufre por cada abrazo y cada beso perdido en los abismos del confinamiento de estos días. Yo desde luego.







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