Postales invernales I: Imaginario de Navidad


Si pudiéramos abrir el cajón imaginario de la Navidad allí donde se celebra, veríamos algunas variaciones locales: en unos habrá galletas, en otros turrón y peculiaridades por el estilo, pero a buen seguro la paleta de colores incluirá el rojo y el verde, habrá abetos, luces, bolas; habrá regalos, en otros habrá crackers, en otros duendes y en otros belenes. Habrá nieve y un Papá Noel con una barba inmaculada o los Tres Reyes Magos embutidos en sus brillantes trajes de Oriente.

Y todo esto, aunque los cajones reales no contienen nieve de forma tan profusa: a veces torpes nubes grises, feroces vientos y oscuridad. Con mucha frecuencia están llenos de mucha prisa, que se acaba el año, que se acaba el mundo: hay que hacer todo lo que no hicimos durante el año, tenemos que ver a todas las personas que conocemos, no vaya a ser que cuando se pase la página del calendario se esfumen.

Otras veces esos cajones navideños albergan bañadores, chanclas, pantalones cortos, y calor.

Algunos cajones duran todo diciembre, otros empiezan el 22, con el canto de la lotería.


Pero esto no le resta ni una pizca de valor a ese imaginario colectivo, a esa fantasía compartida del mundo nevado, brillante y luminoso que nos llama, para amargura de unos y alegría de otros, al ritual del ajuntamiento, para que recordemos lo que nos importamos los unos a los otros, aunque se nos olvide el festejo al calorcito humano tan pronto como cerramos ese cajón repleto de nieve, de bolas, luces y regalos. Ah, pero la compañía, esa no se nos olvida. Es solo que no le cantamos ni le ponemos decoraciones cuando no imaginamos la nieve.









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