Tela


Cuando era pequeña, una de las cosas que me llamaban la atención cuando viajaba a otros países eran las ropas de sus habitantes. Incluso dentro de Europa se podían apreciar diferencias notables.

En un cierto momento la sorpresa dejó de ser tal y, sin embargo, aunque las cadenas de ropa con presencia en el mundo entero han reducido enormemente la diversión de la diversidad vestidística, aún perduran algunas idiosincrasias de cada país. Por ejemplo, en la elección de los colores, que continúa no siendo tan globalizable como podría parecer: en los escaparates y por las calles danesas los colores brillantes no son los más predominantes. Gris, azul marino, beige, acaso rosa, blanco y negro conforman la paleta. Llevar alguna prenda roja genera comentarios sobre una pretendida españolidad. Será verdad.


Como con el pan, que resulta de la mezcla de tres sencillos elementos, harina, sal, agua, sobre un mismo repertorio expuesto en las mismas tiendas presentes en el mundo entero —¡Hasta en Turkmenistán las hay!— la vestimenta logra mantener una cabezona particularidad cultural en una diversidad de combinaciones de colores, estampados y prendas.

Quizá haya mencionado ya mi etnocéntrica inicial estupefacción sobre el gusto estético danés por lo que se refiere a la ropa. Atribuía a vestidores sumidos en la más cerrada oscuridad la ausencia de cualquier sentido de la combinación de colores y dibujos. Me sorprendían también el largo de las faldas (mucho más pudoroso que el español) y la superposición de vestidos o faldas sobre pantalones.

Sé ahora que el gusto estético es relativo y se construye desde la cultura. Y que cuanto más diverso, más jugoso es el mundo. El día que desaparezcan las telas africanas no sé qué será de nosotros.






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