Ser humano




En la pasada semana se me juntaron este libro y esta película.

El libro me ha recordado lo enormemente privilegiada que soy como migrante europea, con un cierto grado de respetabilidad (pero solo un cierto grado: no hay que olvidar la crueldad de las flechas norte-sur). También es verdad que, como dice el libro, los migrantes españoles somos los grandes olvidados o incluso disimulados, a ratos, por la vergüenza que da que tus hijos se tengan que ir de casa porque no tienes qué darles de comer. Qué poco moderno, en nuestra España de la Marca.

Pero, como digo, aun podemos considerarnos privilegiados, nuestros derechos humanos no son sistemáticamente atropellados flagrantemente; otros no tienen esta suerte. Los derechos humanos no son cosa de broma: han sido ratificados por un gran número de países.

Lo peor es cómo el libro describe la impotencia ante los atropellos institucionales y lo hace con una asepsia aplastante, tras la que solo a ratos se puede adivinar cómo los investigadores han apretado los dientes de la rabia.

Huelga decir: no es exclusivo de España, ni de lejos: y por poner solo un ejemplo, en esta semana hemos sabido que la brutalidad de la administración Trump ha separado a muchos más niños de sus padres de lo inicialmente informado. Aún no entiendo qué más tiene que pasar no solo para que el mundo reaccione, esto, creo, está ocurriendo, pero sin mayores consecuencias: cuánto más tiene que pasar para que estas cosas tengan consecuencias, acciones de carne y hueso. Pero es que a los garantes de los derechos humanos les quitaron las pistolas antes de que naciera el documento ,y aún sufrimos las consecuencias de este desarme sobre el que puedes oír, con un poco de oído, en este magnífico programa.

La película, la islandesa And breathe normally es un cuento poético, que mezcla la crudeza de situaciones más reales que tu cepillo de dientes, con un cierto toque naïv: las cosas de frontera son un poco eso: una mezcla de sueños y de hiel. Bajo esa manta amarga hay mucho de xenofobia, y poco de reflexión, no solo por cuestiones prácticas, en puros términos demográficos, sino por cuestiones éticas, como dije en cierta ocasión.

¿No hay sitio para todos? Las fronteras son porosas solo a ratos, algo que me parece perplejizante: hay una cierta reacción hacia la plaga turística, que, en realidad, tiene un efecto mucho más cáustico sobre de las condiciones de los ciudadanos que las sufren, pero esta respuesta reactiva, curiosamente, no es institucional sino ciudadana. De hecho, las instituciones contribuyen a la magnificencia de este traspaso de fronteras.

Vuelvo a la carta: a la de los Derechos Humanos. Esa que nos debería gobernar a todos. Y nuestra variación en las coordenadas del planeta no tiene la más mínima relevancia sobre nuestra condición como persona, sobre nuestra dignidad y sobre el derecho que tenemos a ser tratados con dignidad, sobre nuestro derecho a ser Humanos.























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