Odio



Tras los resultados pre electorales, favorables al ultraderechista Bolsonaro, en Brasil ha comenzado una ola de violencia contra ciertos colectivos a los que el propio político ha declarado abiertamente su antipatía. "Lamento, pido a la gente que no haga esto. Pero yo no tengo el control sobre las millones y millones de personas que me apoyan" --ha dicho.

Y miente.

De la misma manera que otros resultados electorales han tenido por consecuencia un recrudecimiento de la violencia contra colectivos vulnerables, como los migrantes. En Gran Bretaña, en Dinamarca, en Alemania, en Austria, en Bélgica, Italia, Hungría, Polonia o USA, los migrantes sufren el acoso tanto institucional como por parte de ciudadanos que se sienten legitimados para agredir física o verbalmente a sus congéneres extranjeros.


Es fácil pensar dos cosas: si la gente lo ha votado... o: los políticos no hacen más recoger un sentir popular (lo que nos llevaría al primer pensamiento fácil: si la gente lo ha votado...)


Pues bien: La estrategia de los políticos de ultraderecha (o afines) consiste en problematizar a un colectivo. Este puede ser migrante, vulnerable por su vergonzosa incapacitación electoral; o LGTBI, y también otros colectivos: como judíos/musulmanes/católicos/protestantes/ateos , etc.

En concreto, el colectivo migrante se problematiza de dos maneras: centrándose en los problemas que supuestamente este colectivo crea, culpabilizándole de las carencias del sistema público en una cantinela sospechosamente similar en diversos países con recursos de diversa magnitud (colegios, hospitales, recursos). O bien centrándose en los problemas que tienen (pobreza, marginalidad). En lugar de centrarse, por ejemplo, en las ventajas de recibir migrantes, como la reestructuración de la pirámide poblacional, con su obvia consecuencia en el estado de bienestar o la riqueza que aporta la contribución plural.


El uso de las palabras no es inocente, y las técnicas que han permitido la escalada de violencia institucional e individual en tantos lugares están recogidas en los manuales, literalmente: el uso de metáforas que cargan la sensación de amenaza en las mentes de las personas: hablar de criminalidad, de sociedades paralelas, de terrorismo tiene un efecto altamente tóxico.

Las tácticas utilizadas para ridiculizar o demonizar el colectivo LGTBI son igualmente similares.

Como digo, el discurso político no recoge un problema, lo planta en los pensamientos de los electores.

Lo peligroso de esta utilización política del odio para granjearse votos es que, además de revestir de problemática a un colectivo por su mera procedencia u orientación, legitima las acciones individuales de acoso a los colectivos problematizados o ridiculizados: puesto que entre todos hemos decidido que no queremos ser parte de la Unión Europea, puedo darle con un palo en la cabeza a una persona que habla español en mis calles inglesas. Como el gobierno ha aprobado una ley que prohíbe el uso del burka en público, yo puedo quitárselo a una persona que pasea por un centro comercial. Como la ministra de integración y el partido patatín dice que los migrantes son unos violadores y unos ladrones, puedo gritarle a la gente oscura que va por la calle que se vayan a su casa. Como el candidato más votado se ha mofado del colectivo LGTBI, puedo darle una paliza a un homosexual que me encuentro por la calle. Y así, hasta el infinito.

Si Bolsonaro de verdad deseara que no se dieran palizas a las personas pertenecientes a los colectivos a los que ha demonizado y de los que ha dicho que iba a acabar con ellos, los ciudadanos no se sentirían legitimados para agredirles gratuitamente. Si realmente lo deseara, lo único que tendría que hacer es dejar de decir barbaridades.


Por si esto fuera poco, es necesario cuestionar la legitimidad de las mayorías (sea lo representativas que estas se sientan): los derechos humanos, entre los que está el ser tratado con dignidad sea cual fuere su procedencia u orientación no son sometibles a votación. La democracia es otra cosa, pero los partidos totalitarios están haciendo uso tóxicamente bélico de un concepto que nada tiene que ver con la democracia. Porque, aun en el caso de que todos los habitantes del planeta decidieran que es aceptable que cualquier ciudadano o institución apalease a todas las personas, por ejemplo, rubias del planeta, esto continuaría siendo ilegítimo e inaceptable en un marco democrático.


La plaga continua su expansión. Y seguimos esperando. No sé hasta cuándo.

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