Regalos


El ritual de dar y recibir regalos varía mucho de una cultura a otra. Las reglas de lo que se obsequia (y a quién) son muy extensas. El regalo es una forma de simbolizar una relación, de estrechar lazos, de sellar amistades o pactos comerciales. Por ello es algo casi, me atrevería a decir, universal. El don. Pero mientras la costumbre de regalar es planetaria, las formas de los obsequios son infinitas. Y al mismo tiempo, fascinantes.

Cómo debe presentarse el regalo, por ejemplo, es una cuestión vital, casi tan importante como el propio obsequio. En Dinamarca o Japón, y a buen seguro en otros lugares, es una grave ofensa no haberse currado el envoltorio, porque indica que el que regala no se lo ha tomado muy en serio. Así que esta costumbre española de dar los regalos en la mismísima bolsa de la tienda podría provocar algún que otro desaire, aunque en nuestra mente lo que importa es el propio regalo, las apariencias no son más que algo superfluo de lo que se puede prescindir.

En cierta ocasión me encargué de una tarea tediosa para una compañera de trabajo. Las aduanas norteamericanas no dejaban pasar unas vacunas que iban a ser mostradas en alguna exposición. La correspondencia duró varios días hasta que por fin cedieron. Un día llegué a mi oficina y mi colega japonesa, en agradecimiento me había comprado tres chocolatinas. Tres vulgares chocolatinas en la cantina del trabajo. Pero había comprado de diferentes tamaños, las había apilado en forma de pirámide y las había atado con un precioso y grande lazo rojo. ありがとう, decía la nota, gracias.

Además de la forma de presentarlos, existen también reglas estrictas de cómo se deben recibir. Si se deben abrir en presencia del obsequiador o no es considerado de manera muy diferente a lo largo y ancho de la Tierra: en unos sitios es una obligación y en otros una muestra de falta de modales.

En Dinamarca, los regalos bajo el árbol de Navidad no los trae Papá Noel, los traen los padres. Papá Noel solo trae alguna cosa pequeña a los niños. Y la ceremonia requiere un maestro que va entregando los regalos alternando destinatarios de la forma más equilibrada posible –De Fulanito para Menganito. Y Menganito lo abre bajo la atenta mirada de todos los demás. Quizá solo sea lo que conozco, pero nada que ver con el caos que se crea al abrir los regalos de Reyes. Todos abren los suyos a la vez, sin realmente saber quién se lo ha regalado (aunque luego se pueda preguntar o se aclare).

También hay reglas más o menos tácitas de lo que está permitido regalar. Y a quién. En Rusia, por ejemplo, la lista de objetos no regalables es bastante extensa: pañuelos (porque si no, se interpreta como que quieres hacer llorar al obsequiado), cuchillos (le deseas el mal, que se corte o se haga daño), productos de higiene (¿insinúas que soy un guarro?), etc.

En China o en Japón no se debe regalar nada en grupos de cuatro, porque en ambas lenguas el cuatro se pronuncia de forma similar a la palabra muerte e implica el acarreo de mala suerte.

No menos importantes son las reglas que conciernen a quién se puede regalar qué y a quién no. Sería, quizá, inapropiado regalarle una pieza de ropa interior a la mujer de un amigo. ¿Y por qué no?—se preguntará más de uno. Y puede ser cierto, pero constituiría una ruptura de las reglas, que, por otra parte, huelga decir, nosotros también tenemos.


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