Humanos


Esta semana, he caído, sin premeditación alguna, en algunas de las historias que ilustran el horror del racismo, muestras de las terribles consecuencias de segmentar la humanidad en grupos con derechos diferenciados, jerarquizados hasta puntos monstruosos. Edito y añado (gracias, Álex) que esto es lo que se llama estereotipo negativo o estigma, del que he hablado en otros posts: aquí , aquí

o aquí, entre muchos otros.

Las he escuchado en el magnífico canal de la RAI, wikiradio, que es un baúl de tesoros que recomiendo a todo el que sufra de la enriquecedora enfermedad que es la curiosidad y no le tenga miedo al italiano.


Las historias que he oído son de diverso grado de atrocidad:

Cómo el atleta Owens humilló a Hitler en los juegos olímpicos del Berlín de 1936, pero, pese a las leyendas, Hitler no se negó a saludarle. Owens sufrió el racismo en su propio país, que se negó a reconocer su mérito, premiando a cambio a un mediocre atleta blanco. Roosevelt no le recibió nunca e incluso tuvo que pasar por la puerta de servicio para acudir a su propio homenaje.


El proceso de independencia de Indonesia, expuesta hasta entonces a la explotación colonial holandesa tampoco es un bonito ejemplo de humanidad.


La noche de los gitanos, y todas las atrocidades a las que sometió el régimen hitleriano a los pueblos roma, cuyo punto álgido fue la noche del 2 al 3 de agosto de 1944 donde se calcula que 2987 gitanos fueron aniquilados en el campo de concentración Auschwitz II - Birkenau.


Este tercer episodio es, quizá el más llamativo, aunque probablemente la colonización de Indonesia tenga más sangre en su haber por la duración y las devastadoras consecuencias que tuvo la explotación descarnada del país, aun con sus consideraciones sobre la legitimidad moral de la explotación colonial y sus consecuencias sobre los habitantes de las islas. Pero todos ellos, en cualquiera de sus grados, ilustran lo tristemente poblada que está la historia de las consecuencias de deshumanizar colectivos de personas. Unos colectivos, por cierto, que no son productos de ningún proceso natural, biológico de ningún tipo. Son productos de la intervención artificial de nuestro afán clasificatorio de consecuencias aterradoras.


Al comentario de que lo que importa no es el origen, sino el estatus (porque se critica a los inmigrantes que desembarcan de sus pateras, pero no a los que vienen en jets privados a jugar at fútbol), es necesario hacer una puntualización, porque, como en todo, las cosas no son tan sencillas.

Primero, porque un extranjero--y en especial si su fenotipo o aspecto físico le diferencia del común de los nativos-- está bajo sospecha para empezar, sea cual sea su estatus social: a un gitano rico se le supone una trayectoria narco, por ejemplo. Aquí no puedo dejar de mencionar la direccionalidad de la sospecha, que siempre va hacia el sur. No es lo mismo ser un migrante del sur que del norte: y no nos olvidemos de que el norte y el sur son relativos y también inventados. Un español es sur en Alemania. Un español es norte frente a un marroquí o un sirio, por ejemplo.

Y segundo porque la xenofobia es, en sí misma, causante de grandes diferencias de estatus socioeconómico: la sospecha xenófoba limita o incluso deniega el acceso a recursos como la educación o los puestos de trabajo. Salvadas las, no olvidemos, rarísimas excepciones mundo del balón u otros similares.

De esta manera el propio estatus social es, de nuevo, el producto de la intervención de la manía clasificatoria.


Es de lo más preocupante es ver cómo nos dirigimos hacia el abismo y cómo estamos en esta surrealista situación de la inacción más sangrante: ver cómo se ignoran activamente las consecuencias del racismo que invade occidente mientras es cada vez más evidente la cercanía de un futuro aterrador. Yo no sé ya cómo de alto tengo que gritar. Yo me siento como en esas pesadillas en las que uno intenta gritar con todas sus fuerzas y no le sale la voz. ¿Es de verdad tan difícil ver que somos todos humanos?


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