Postales veraniegas III: Vacaciones



La mera perspectiva del final del verano me da, propriamente, reacción física. Se me anuda el estómago al despertar y siento ganas de huir a no sé dónde. ¡Pero si yo lo que quiero es quedarme!


A la vista están unas maletas imposibles de llenar, un viaje de avión cuyo comienzo y final se me atragantan en los latidos apresurados de mi corazón.

A la vista está dejar las montañas y los grillos (qué pesada con los grillos), y a saber qué planetas ya no estarán a la vista de mi telescopio. A la vista está, dejar atrás la posibilidad de improvisar una cena con mis amigos, con mi adorable hermano.

A la vista está dejar atrás a los secundarios, esos que, siendo desconocidos, llenan tu vida de palabras más o menos banales, pero que constituyen ese escenario que no te deja nunca en soledad, que acompaña tantísimo.

Atrás se queda poder plantarse en cualquiera de las calles que me provocan esos golpes de nostalgia incontenible y que observo a través de webcams, en una patética suplantación, como el coronel Sternwood veía a sus invitados beberse el coñac o fumar.


Las vacaciones son, en verdad, el préstamo de un sueño: de esa vida que te gustaría llevar siempre, pero lo que fuere, la realidad, no te permite más que un traguito, cuyo último tramo es, inevitablemente, amargo.


Pero es que a esa angustia del final de las vacaciones se suma la de dejar tu casa: es como cuando te decían que te lo ibas a pasar fenomenal en la guardería, y sí, vale, pero tú hubieras preferido mil veces quedarte con tu madre.




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