Banderas


.A mí no me gusta el fútbol, salvadas algunas excepciones. Tampoco podría decir de mí misma que soy una patriota. Y, sin embargo, me quedé ronca del grito que dejó sordos a todos los vecinos de mi barrio cuando Diego Costa metió el primer gol contra Portugal el otro día. Pero más tarde volví a hacerlo en otro partido, cuyos rivales me eran totalmente ajenos.


Así, una de las excepciones de mi desapego futbolístico son los mundiales, y supongo que es así porque me gusta jugar y basta con ponerme del lado de un equipo, que lo mismo puede ser Senegal, Irán o Islandia para darle una emoción lúdica y hasta cierto punto intranscendente a algo que podría ser tan trivial como un partido de fútbol.


Los mundiales de fútbol, como las olimpiadas, o campeonatos son algunos de los rituales deportivos sobre los que construimos y/o reafirmamos nuestras identidades, en cuanto que pertenecientes a un colectivo.


Las banderas pueden parecer absurdas, pero no lo son. Negarlas, en realidad, no es más que negar nuestra naturaleza social, porque en las banderas nos juntamos, en las banderas nos definimos. y quien diga que no tiene bandera o que no cree en ninguna, miente: todo el mundo tiene un sello de identidad que comparte con otras gentes, sea el pirata, el perruno, vegetariano, cinéfilo, el del Rayo o de la Roja o de Islandia. Todos nos identificamos con uno u otro grupo, incluso por negación. Yo soy anti...

He elegido la bandera pirata para ilustrar este post porque, aunque estoy segura de que no es neutra, podría haber elegido otras banderas cuyo significado hubiera despertado reacciones a buen seguro más fuertes.

Negar las banderas es negar nuestra capacidad simbólica, que es tan real como el pan que comemos. Sin los símbolos y nuestra constante señalización seríamos una especie muy distinta.


Sin pretender frivolizar ni obviar las caras feas del abanderamiento, estoy convencida de que no son una consecuencia necesariamente inevitable, que bastaría con ver las cosas desde una perspectiva de la complejidad y no desde el maniqueísmo que se impone en la delgadez de los mensajes en los que solo caben el y el no. Contigo o sin ti.


Y en los mundiales me hago senegalesa, islandesa o iraní. Y que ni tan mal. Si total, es un juego.




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