Comida y juicio



Expando aquí el reciente post de la Paela, donde hablaba de cómo guardamos férreas ideas de cómo debe prepararse un plato propio, mientras aplicamos una laxitud infinita a nuestros versionados de los ajenos. Lo uno es aberración, lo otro mejora.

He vuelto a caer en otro vídeo de El Comidista, en el que su fundador es castigado de forma humillante por sus crímenes contra la corrección del pan.

Ya en el post de la Paela sugerí que las posibles racionalizaciones- en términos objetivistas- de las normas gastronómicas, en realidad no le resta etnocentrismo a la exaltación de la compostura gastronómica.

He reparado en cómo una gran cantidad de vídeos o artículos publicados en tal blog emanan un esencialismo aplastante: hay un centro correcto, absoluto e inmutable, y cualquier alejamiento de este es, como poco, una perversión, si no una inmoralidad.


He cosido este pensamiento con la tesis de Fischler sobre el papel culturador de la comida: la comensalidad (comer juntos) nos hizo y nos hace seres culturales, a diferencia de los animales, que comen cuando pueden, que no se reunen para comer. Pero yo quiero añadir (creo) que la comida no solo nos proporciona la oportunidad de socializar y de darnos una identidad, puesto que tanto lo que comemos como lo que no comemos, nos define frente a otros; la comida, puede, además ser el lugar de iniciación de la normatividad, el lugar donde aprendemos de la existencia y la importancia de las normas, de las reglas, de lo que se puede y lo que no se puede. Lo que vale y lo que no, lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo deleznable.

Y lo hace en una interesantísima constelación de tres elementos, porque en la comida se entretejen la idea lo saludable (que dejo para otra ocasión), el objeto bueno en sí, no solo estéticamente (me gusta/no me gusta) sino excelente, apropiado y el comportamiento deseable.

La comida lleva en sí la pretensión de una objetividad, al interpretar erróneamente que se trata de un mero objeto físico (pan), pero en realidad, se trata de un juicio estético (el pan sabe bien o mal) y al mismo tiempo, el juicio moral: la rectitud de los protocolos: cuándo, cómo, con quién e incluso quién lo come.

Existen delitos tipificados sobre la violación de los tiempos correctos de comer algo en concreto (más allá de las prescripciones de índole religiosa, que podrían ser más evidentes):

En Dinamarca, comer un bizcocho, pastel o chocolate para el desayuno es desaprobado duramente (mientras está permitida la bollería danesa, grasienta en grado cósmico, o incluso la nutella, untada, claro está, sobre una capa de mantequilla).

En Italia es una ofensa nacional pedir un café con leche después del desayuno, mientras es apropiado tomarse un helado.

En España es raro ver a alguien desayunar un chuletón de buey, pero está bien tomarse un pincho de tortilla.


Las reglas de cómo comer las cosas no están menos encorsetadas; ¿la sopa con tenedor?, la comida en general con las manos (y con cuál de ellas), con pan... con quién se puede comer: el servicio en la cocina- o incluso, hoy, lo más normal es que los albañiles daneses se coman su bocadillo en la furgoneta; los chicos con las chicas, los infantes con los infantes... y quién come qué: las verduras para las chicas, la carnaza para los chicos, los refrescos light para las chicas... los caramelos para niños, etc etc.


La comida es mucho más que sustancia física: es cultura, identidad, y, sobre todo, es juicio.



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