Ogigia


Parece que los cuento como los presos pintan barras en las paredes de sus celdas: hace diecisiete años, a estas horas sobrevolaba quizá Holanda, con una ilusión incontenible.


Lo que no sabía es que volaba a Ogigia, que tanto me ha enriquecido, pero que, de cuando en cuando se puebla de nubes negras que despiertan mi ansia por retornar a una Ítaca que ya no está y que, por supuesto, tiene también sus propias nubes negras.


Esta Ogigia me ha hecho crecer, me ha enseñado tanto: el paraíso perdido, porque ahora (y no antes de partir) sé que no existen los paraísos, que una cosa es susurrarlo entre silogismos o tenerlo entre tus verdades abstractas y otra bien distinta es sentirlo en tu piel.

Así, las palabras que uno podía repetir como un mantra: todos los sitios tienen cosas buenas y cosas malas se queda bien flaco cuando se te pone delante y te mira a los ojos.


Miro atrás y pienso qué poco sabía lo que me esparaba. Pero no retrocedería ni uno de mis pasos. Eso no. Que en esta Ogigia hay muchos y muchas Calipsos y Calipsas que me atan con gusto.

Pero sí pienso a ratos cuánto me hubiera ayudado saber todas las cosas que me ha traído este viaje que en realidad no tiene retorno, porque aquel río ya se fue: En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos].

Por eso (y por más cosas) escribo este blog: para Ulises, y Penélopes.



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