Trump, el ultraindividualista brochagorda



El actual presidente de los Estados Unidos de América parece estar enfrascado en una vertiginosa carrera (contra sí mismo) por ser el líder político que ha logrado asustar en mayor grado y a un mayor número de personas en un tiempo record- a cada uno por un motivo diferente.

Aquí, puesto que esta página habla de los migrantes, y los humanos en sus grupos (étnicos o religiosos o nacionales o pueblerinos o de orientación sexual o de lo que se quiera), me referiré a su burdo ataque a colectivos enteros que no son de su gusto personal. Y por qué, en realidad, no, no puede moral ni legalmente, hacer lo que está haciendo.


El primer pensamiento que me ha venido a la cabeza cuando he decidido (volver a) escribir sobre todo este escabroso asunto es que la clave de la duda democrática que estos estragos puede estar planteando no es ¿la gente sabe realmente lo que está votando? y aunque lo supiera: ¿es todo votable? como adelanté en el post que escribí bajo estado de schock cuando se supo el resultado de las elecciones: que la democracia no es lo mismo que la urnocracia: no consiste en que una cierta mayoría en posesión de una información muy irregular tome la decisión de quién ha de llevar un país. Y digo quién, porque lo del cómo está por ver. Y es que, además de que la persona en cuestión pueda desviarse de su programa electoral (¡ay! ¡para una vez que no queremos que alguien cumpla su programa!), ese cómo no es ultraflexible: uno no puede hacer lo que se le antoje, con buenas o malas intenciones.

La democracia parte de un marco que no se puede negociar: y no es nisiquiera la constitución del país en cuestión, porque esta puede modificarse desde referéndums, no: son los acuerdos internacionales de derechos humanos. Si alguien se sale de ese marco, podremos hablar de urnocracia o de lo que se quiera, pero no de democracia. Una de las razones, o la más poderosa, es que la democracia significa garantizar los derechos y libertades- pero también las obligaciones de todas y cada una de las personas que pisen tal territorio. Parece que Trump no se ha dado cuenta de que no está en el salón de su casa, sino que está gestionando un espacio público. Tampoco es que en el salón de su casa pudiese hacer lo que le diese la gana, pero esa es otra cuestión.


Es necesario añadir que USA no es una excepción a toda esta tendencia a saltarse a la torera los principios innegociables. En Europa tampoco andamos sobrados. Se disimula un poco mejor, eso es cierto.


Mi pensamiento es, entonces: lo primero que habrá que cuestionarse del funcionamiento de la democracia es que un candidato pueda permitirse el lujo de salirse de ese marco innegociable. Si sus promesas electorales se salen de ese marco innegociable, el candidato debería ser descalificado. Es como si uno se presentara a una carrera de cabalos con un tablero de ajedrez (peor para ti), o a un campeonato ajedrez con una apisonadora.

Claro: que la descalificación debería ocurrir en evaluación continua: si alguien, tras ganar la carrera se saltara estos principios, debería ser descalificado también. Pero para esto, supuestamente, está la justicia. En algunos lugares hay más y mejores mecanismos que en otros.

Pero me parece especialmente sangrante que se admita a concurso a alguien que ha declarado desde el principio que va a jugar a otra cosa. Horrible, además.


En este caso concreto, la discriminación de colectivos enteros de personas es declarada con descaro, con la brocha gorda que parece imperar en el despacho oval en los días que corren. Resulta cuando menos paradójico que un ultraindividualista no tenga reparos en homogeneizar de golpe no sólo las cualidades de personas integrantes de un colectivo tan grande como los nacionales de países-musulmanes-con-los-que-no-tengo-negocios, sino sus derechos.

¿Y por qué no está permitida esta discriminación a colectivos enteros? Porque este es el primero y más grande de todos los principios democráticos: que no está permitido aplicar el brochazo a nadie: nadie, 0, cero personas pueden ser culpabilizadas por pertenecer a un grupo humano, del calibre que sea, y en esta culpabilización, ser privadas de sus derechos en virtud de su pertenencia a absolutamente ningún colectivo humano: lo dice el Artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue aprobada el 10 de diciembre de 1948 por los votos a favor de 48 países, entre los que se encontraba USA.


Artículo 2.

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.


Así que es suficiente atrocidad democrática que UNA sola persona de Siria (por elegir el primer país de la lista de los tachados por Trump con gruesa brocha) sea discriminada sólo en virtud de su lugar de nacimiento. Porque esa persona podrías ser tú. O tu hijo.

y como ya dije, aunque haya tribunales (¡algunos!) que declaren ilícitas las órdenes ejecutivas brochigordis de este tipo, el daño no se queda ahí: en virtud de la malentendida democracia como urnocracia, no sólo crea, sino que además legitima un discurso absolutamente antidemocrático: que unos son más que otros por su buena suerte.


Aliens de la galaxia: ¡socorro!







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