Uno de los nuestros


En el mismo fructífero encuentro en el que iniciamos el debate sobre las contradicciones, llegamos, no sé por qué vereda, al tema de la misteriosa solidaridad/confianza compatriota. Es un fenómeno recurrente y por supuesto, no exclusivo de los españoles en países varios por el mundo. Puede verse en los grupos de facebook de españoles/rusos/marcianos en X: allí se recurre para preguntar dudas, buscar ayuda, pedir u ofrecer favores en un ejercicio de priorización del terruño.

Foto: Uno de los nuestros (Goodfellas)

El fenómeno consiste en una amalgama de bellas (o feas, si no te toca ser uno de los suyos) disposiciones: como un despliegue más acentuado de generosidad, una confianza de lealtades recíprocas (esperas y otorgas esa fidelidad grupal) ... todas estas bellas (o feas) disposiciones están basadas en algo tan alegórico como es la tierra, tu tierra. Huelga decir que el hecho de ser español (ruso o marciano) no supone ninguna garantía- y lo más importante: todos los sabemos.

Una pequeña piedra en el zapato antes de continuar: quien diga: ¡qué tontería! está negando la naturaleza simbólica (maravillosa y distintiva) de los humanos. Sin esa naturaleza simbólica no existiría el arte, por ejemplo. O la ciencia.

Esta misteriosa solidaridad/confianza compatriota no es, en realidad, ni más ni menos que unos de los ejercicios de la etnicidad: es decir: de ser español, ruso o marciano. La definición de este término es tan escurridiza como una trucha atrapada con los pies. Y por ello, es objeto de las más agrias controversias, que crecen cual setas en bosque otoñal: cada vez que alguien dice "etnicidad" se aparecen (plop plop plop) ocho dedos levantados diciendo "cuidadín". Porque ponerle cotas a la nacionalidad no es que sea sencillo, pero hay unos criterios relativamente claros. Ponerle cotas a la raza, como invención que es, ya se pone más difícil. Ponerle cotas a lo que significa ser español, (ruso o marciano) es mucho más complicado.


No es que todo el mundo esté de acuerdo por completo, pero de alguna manera se ha continuado haciendo uso del sentido que le dio su creador, Leach, en cuanto a que sentimiento (de pertenencia).

La etnicidad no es esencia: ser español ( ruso o marciano) no confiere de forma automática una forma de ser. La etnicidad es más bien algo relacional: es un vínculo con un grupo de personas, y así, ser español, kamchatquense o marciano significa, ante todo, sentir un vínculo o relación (de la naturaleza que sea) con la tierra o las personas de la tierra. Es ser uno de los nuestros.

Quede claro que no estoy hablando de nacionalidad, sino de etnia. El pasaporte te da derechos como (a veces) el de votar en las elecciones, a entrar libremente en él (a veces): te da derecho a ser ciudadano, en definitiva. Pero no necesariamente te da el sentimiento de hermandad, no te da el sentimiento de pertenencia de forma automática.

Quede claro también que ni siquiera estoy hablando de patriotismo: sentirse parte y sentirse asqueado del mismo país es perfectamente posible. En España eso se nos da bastante bien.


Claro es que este sentimiento de por sí no es suficiente. Porque quedaría bastante ridículo que yo dijera que soy (o incluso, me siento) rusa. La legitimidad de la etnicidad es doble: tanto a nivel colectivo: ¿qué significa ser español (ruso o marciano)? como a nivel individual: ¿qué me da derecho a ser española (rusa o marciana)?

Pero entonces ¿hay algo objetivo a lo que agarrarse para afirmar que uno es español (ruso o marciano) ?

La objetivación de la etnicidad (y su instrumentalización política) son temas de gran debate académico; una etnia puede, en virtud de su definición como grupo, reclamar su unidad política o incluso su territorio: y como esto es camisa de once (mil) varas y es tema tangencial pero no central de este post, me iré de puntillas disimulando, que hoy no me apetece que me borren de la lista de amigos y este tema se presta a eso... pero de esta forma llego al huerto al que os quería llevar: Bentley y Yelvington se enzarzaron en una discusión (a mi juicio apasionante) sobre el significado y la forma de adquirir la etnicidad. ¿Cómo nos hacemos españoles?


Compartimos, aún en distintas ediciones, el libro de instrucciones para movernos por y entender el mundo

Bentley (interpreta Yelvington) recurre a algo interesantísimo, el habitus: uno se hace español haciendo las cosas que hacen los españoles y creyendo las ideas que creen los españoles. Lo dejo así (de mal) redactado, para mostrar la simpleza del argumento. Recurre, un poco atrevidamente, dice Yelvington, al grande Bordieu: al habitus (las costumbres, esas formas de obrar que hemos aprendido de ese saber colectivo que es nuestra cultura)

Yelvington malinterpreta a Bentley al decir que si trasladamos literalmente las enseñanzas del maestro a la etnicidad, se nos quedan cortas no, cortísimas: esta conjunción de ideas que convierten a la etnicidad en algo objetivable es esencialista, conductista e insuficiente. ¿Por qué es así? porque, argumenta, en primer lugar, el habitus ni es necesario ni es suficiente para conferir etnicidad. El hecho de que yo acuda a las asambleas de vecinos o planee un café con un mes de antelación no me hace ser danesa. Y el hecho de no comer chorizo no me hace ser menos española.

Yo me quedo con los dos: Cuando Bentley responde con otro artículo a Yelvington, dice que las costumbres, las formas de obrar, lo que hemos aprendido de nuestra cultura (el habitus) no es lo que, de forma determinista, nos hace ser o no ser españoles (rusos o marcianos) pero que, a cambio, sin duda, engendra sentimientos de identificación.

En resumen y con palabras más claritas: compartir costumbres, formas de hacer las cosas, nos hace sentirnos compañeros de barco. Aunque, por supuesto, no es suficiente ni necesario. Sentarme a comer pipas en un banco (y dejar una bonito manto de cáscaras a su alrededor) no me hace, de por sí, española (un marciano nunca lo haría). Y no hacerlo, tampoco me hace NO ser española.

Pero une, sin duda, el hecho de haber compartido el mismo manual de instrucciones para moverse por y entender el mundo.


Pero lo más importante es que sentimos que compartimos libro- y que además es distinto del libro de los otros

Hay algo más que me hace ser española. Bentley, dice Yelvington, se olvida del aspecto principal de la etnicidad: el relacional. Ser uno de los nuestros - y más importante aún: no ser uno de ellos. El uso de la alteridad (mira lo que hacen los ... o los... no como nosotros) es fundamental. Una de las expresiones de esto es la mera existencia de los (millones y millones de) grupos de españoles/rusos/marcianos en miles y miles de otros lugares en el mundo. Es un grupo de gente que comparte un pasado colectivo común (esto podría ser el habitus, la cultura, lo que se quiera) pero que fundamentalmente constituye y de esta forma, pertenece a ese grupo al diferenciarse de otro grupo. Españoles (que comparte una experiencia colectiva relativamente común, con todos los matices con los que sazonar esto) en Dinamarca (aunque esto quiere decir, fundamentalmente: entre daneses).


Las costumbres como símbolos en los que se sella la hermandad

Y ahora, dice Yelvington, retomemos a Victor Turner y los símbolos: cómo usamos los símbolos (que no pueden ser del todo fabricados, sino que son selectivamente significativos) es otra cuestión. Tanto Bentley como Yelvington están de acuerdo en que el parentesco ficticio que es la etnicidad, se sella en rituales cotidianos (y no necesariamente en ceremoniales suntuosos) que remiten a símbolos cargados de significado- pero siempre teniendo en cuenta su carácter relacional, el contraste con respecto a los otros- como por ejemplo, la comida. Eres lo que no comes- mucho más que lo que comes. Este es un ejemplo muy ilustrativo de lo que puede ser un símbolo. Porque la comida es, además de gasolina para nuestros cuerpos terrenales, un gran símbolo de hermandad.

El término del parentesco ficticio se refiere a que actuamos como si los demás españoles (rusos, marcianos) fueran de nuestra familia. La famiglia. Algún antropólogo ha hecho referencia al ritual simbólico del pacto de sangre entre los integrantes de la cosa nostra.

De una forma simbólica, compartimos ancestros, un pasado y por ello actuamos como si fuéramos hermanos. Huelga decir que no todo el mundo tiene la suerte que yo tengo de tener los hermanos más maravillosos del mundo. Pues exactamente igual que en los compatriotas (o compaetniotas)- y como he dicho al principio: todos los sabemos.


Es por todo ello que los grupos de españoles/rusos/marcianos en Rusia/Marte/España están poblados de fotos de símbolos alimenticios y manuales de instrucciones de cómo manejar tales manjares (y bajo qué árbol encontrarlos); es por ello también que los muros de esos grupos de facebook están repletos de declaraciones de amor colectivo (como sois de los míos, os regalo mi palacio de invierno) o de confianza colectiva (como sois de los míos, puedo esperar que cuidéis bien de mi perro mientras estoy de vacaciones u os alquilo mi habitación, con todos mis tesoros porque como sois de los míos, no me los vais a robar). Porque es así como nos hacemos uno de los nuestros. Y eso es algo que, en su aspecto positivo, el aglutinador, el conciliador y profundamente simbólico, nos hace ser humanos. (Y también atroces, pero hoy toca optifilantropismo).



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