Descubrimientos en el otro mundo


Lo mejor de hacerse biterrícola es que uno se convierte en un explorador crónico: lo aprendido se desaprende y se vuelve a aprender una y otra vez. Aquí y allí, los mapas pierden sus nombres una y otra vez, a los campos les crecen casas, a las calles esquinas, al álbum de tus ciudades le salen fotos de los personajes de galería que tiene cualquier urbe.

Conocer las costumbres es emocionante, intrigante: quieres saber más. Las dejas, las retomas.

Pones tus valores pétreos patas arriba- y a veces vuelven otra vez. Porque cuando te haces biterrícola la sorpresa, la fascinación están acechándote detrás de cada esquina, ed cada conversación. Un día es un mar helado, y cuando ya te sabes esa canción, se te cae la mandíbula ante un ciervo que se cruza en tu camino en tu carrera por el bosque. Al lado de tu casa. Otro día es una conversación con una amiga de la otra tierra. Otro día es tu propio país. Lo mejor de hacerse biterrícola es que el tesoro no está en el mapa: ES el mapa.

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