¿Invitados adaptados?

Hace tiempo que el migrante dejó de ser un mero invitado de los de hacer lo que viere, como conté en este post. Pero uno tiene que adaptarse, portarse bien. Con esto no me refiero a la obligación de adherirse a las leyes del país en que uno reside. Hablo de las leyes no escritas, de esos códigos no cifrados de lo que significa ser un buen ciudadano. O más concretamente, uno de los nuestros.

¿Qué no significa adaptarse?

Que a todos los daneses que conozco, sin excepción, les guste el pan negro (rugbrød) no quiere decir que me tenga que gustar a mí ni que, por el hecho de no gustarme, sea una inadaptada. El rugbrød me sabe tan mal como me suena la palabra.

Adaptarse no consiste en adoptar todos los gustos y costumbres del neopaís.

Uno es tan migrante como persona, y como tal, tiene derechos; entre ellos: que no te guste el rugbrød: a mi paladar le sabe igualito que si alguien hubiese cogido las cáscaras de pipas (con que has amenizado una amistosa conversación de varias horas), las amalgamases con pasta de dientes, pusieras el emplasto en un molde y luego jugaras a que eso es pan, lo cortaras en rodajas y le pusieras una loncha de jamón por encima y ... padentro...

¿Qué significa adaptarse?

Ahora bien, como el pan negro danés forma parte del día a día, no comerlo bajo ningún pretexto significaría, en algunas ocasiones, apartarse de una parte importante de los acontecimientos sociales, como una comida informal, por ejemplo.

En esos casos, si me repugnara en extremo, o lo diría abiertamente (con tacto) o diría que soy hiperalérgica o, más probablemente, me haría un Coque Malla en Todo es mentira (puedes ver aquí a qué me refiero.)

Obsérvese que los mecanismos de adaptación son los mismos para lugareños y extraños (porque a un local también pueden no gustarle los polvorones y tiene que usar exactamente las mismas estrategias que tendría que usar un extranjero.)

Adaptarse no es, en realidad, ni más ni menos que sentirse parte, sea cual sea el grado de ese sentimiento. No significa mimetizarse con quién, de los 5.5 millones de daneses debería mimetizarme, además? ¿y por qué habría de hacerlo? Uno no necesita renunciar a su ser para adaptarse- inevitablemente y afortunadamente, uno cambia, pero no renuncia.

Para adaptarse uno sólo necesita aprender el difícil arte de conservar la identidad, los vínculos y las costumbres propias y a la vez respetar y aprender las costumbres, ideas, valores y discursos (con los que estará o no de acuerdo, que incorporará o no a sus capas) a los que el migrante tiene la enorme suerte de exponerse.

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