Polarizaciones

Añadiré mi granito de arena a las tantas reflexiones sobre lo ocurrido el viernes pasado en París.

I. Pensar

Tantas reflexiones, creo, tienen origen en la perplejidad. Pero aunque sea una plastez tanto artículo y tanta conversación de palillo en boca, está muy bien reflexionar- que no repetir los argumentos de segunda mano que uno alcanza con la punta de la mano como si se tomara una barra de pan saltándose una cola de tres filas en la tienda. Era la hora de pararse a pensar hace ya unos cuantos años, pero hasta ahora nos hemos dejado llevar por una inercia negacionista de oscuros intereses no siempre bien aclarados (ah ¿estamos bombardeando Siria? primera noticia. Y hasta da palo decirlo porque parece que uno es un radical extremista.), nos hemos dejado llevar por las olas de pensamiento fugaz que se va tan pronto como vino, que se constriñe a 140 caracteres. Un acontecimiento mueve y remueve la opinión pública, pero tiene la durabilidad de unas palabras escritas en arena de playa. Viene otra ola y no es que no existan: es que parece que nunca existieron.

II. Panorama

La primera mirada me devuelve la imagen de un mundo convertido en un basurero desolador. Me produce una mezcla de tristeza espesa, indisoluble y de miedo. Al miedo a lo que vendrá me vengo acostumbrando desde hace años: pero el crecimiento del tamaño de las barbaries va haciendo las sombras cada vez más oscuras y más alargadas.

Este basurero podría ser un paraíso: democracia, bienestar, sanidad, tecnología... pero hemos jugado a prisioneros siberianos (los prisioneros eran sometidos a una cruel tortura: unos construían una carretera y otros, justo detrás, a su vista, la destruían.)

Siempre imaginé que, llegados al futuro, el excedente de tiempo y recursos que disfrutaríamos gracias la robotización de las tareas más nimias, permitiría a la humanidad dedicarse a la investigación (del espacio, de la longevidad, de la Tierra...), al arte y al pensamiento. ¡Ay! qué equivocada estaba.. no es que no se dé, claro, pero en una proporción irrisoria, mientras el excedente de recursos va a parar a los bolsillos de actividades tan elevadas como la producción de camisetas fashion o el visionado de intelectuales debates sobre las bodas de nosequien. Este escenario era ya de por sí desolador. Y es directamente responsable de las consecuencias del escenario que luce en el trasfondo más grave (un trasfondo invisible, porque se ha convertido en algo tan normal que ni siquiera lo vemos): el de la recesión de la democracia (de verdad), con todos los elementos que guarda en sus cajones.

París ha optado por mimetizarse con sus atacantes, en lo que en realidad ha constituído una de las victorias más grandes de aquellos, porque ha supuesto una invasión cultural de dimensiones colosales: la aceptación de unas reglas del juego que, como pueblo europeo, creíamos ajenas (no quiere esto decir que Europa haya sido precisamente nunca una niña buena, pero queríamos serlo: cerebro, pensamiento, diálogo, respeto, deberes y derechos...)

Repetiré lo que han dicho tantos, porque es necesario repetirlo hasta la saciedad: la respuesta bélica, lejos de aliviar el problema, radicaliza los bandos. Esto parece haberse convertido en una película de Disney, donde siempre tiene que haber un malo (y un bueno, claro).

III. Polarizaciones

El peligro de la radicalización, de la polarización de las posturas está aquí ya, hace unas cuantas manzanas. El discurso ellos/nosotros (y su inevitable zafado buenos/malos) se ha colado en nuestros salones sin avisar- o quizá sí, avisó, pero vino una ola y se llevó la advertencia.

Quien diga que esto es una cuestión religiosa, erra. Por supuesto, los ataques a París (y los que les precedieron) se hicieron en nombre de una religión (?) pero son una cuestión de poder, son una cuestión política, no religiosa.

Por supuesto: las religiones aúnan, incluyen y excluyen; las religiones reúnen a las personas, no sólo en torno a sus dioses, sino también a sus racimos de ideales: ¿pero es que acaso no lo hacen también las etnias, las naciones, los continentes? ¿Era la cruzada hitleriana una cuestión religiosa?- no, ¿verdad? pero ¿acaso no tenía un líder idolatrado, acaso no reunía a sus seguidores en torno a un collar de valores?.

La línea divisoria entre ellos-nosotros puede tomar muchos nombres. Lo terrible no es el nombre que tome, el pretexto que lo aglutine, sino el grado de disgregación entre ellos y nosotros. Cuando este se hace infranqueable, cuando este toma unas cotas de violencia atroz (como los atentados de París, como los bombardeos a Siria, a Iraq, Palestina... ), entonces es tiempo (hace ya tanto) de pararse y reflexionar. Y de desterrar la polarización para siempre de nuestros pensamientos.

Es tiempo de instaurar la antropología como materia curricular desde la guardería. Para que aprendamos de una vez por todas que eso de ellos-nosotros es un constructo peligroso, y es, en realidad, lo que convierte a nuestro planeta en un basurero desolador.

Es tiempo de pensar quiénes somos, pero sobre todo, quiénes queremos ser.



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