Irse es romper


Irse es romper. Romper con el día a día de tus amigos, de tu familia. Romper con la posibilidad de estar ahí para darles un abrazo cuando pasa algo. Irse es dejar atrás la cháchara de la cola de la pescadería. Romper con las persianas, con el jamón del güeno güeno en la tienda de al lado. Romper con el sol radiante, a veces, y con el frío otras.

Pero irse es también romper algunos (muchos) de los pilares que sujetan tu imagen del mundo. Es romper los dogmas con los que creciste, porque de pronto te encuentras con otros (dogmas) que contradicen los tuyos. No los destruyes todos, claro, pero muchos se quedan en migajas con las que construyes unos nuevos. Claro que ahora tienes la oportunidad de elegir, de reflexionar, de tomar decisiones sobre los dogmas que quieres que sujeten tu universo.

Y no es quien se queda no pueda cuestionar también sus dogmas, por supuesto, pero el migrante se ve obligado a hacerlo. Y eso es lo más grande, porque en esa ruptura se crece una barbaridad.

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