Animales


Ah, no, no pasa nada- me dijo. Es el segundo gato que se nos muere, y total, era un gato.

Esas fueron las palabras de la madre de una amiga de mi hija cuyo gato había sido atropellado el día anterior.

Ah- alcancé a musitar. Cualquiera hubiera dicho que la muerte del gato me había dolido más a mí que a ella. Yo lloro hasta cuando se mueren mis hámsters (que son lo más que logro tener por cuestiones de alergias ajenas: si por mí fuera mi casa sería un zoológico).

Claro está que no podría generalizar sobre la frialdad de la dueña del difunto minino y hacerla extensible a niveles nacionales daneses, de la misma manera que no podría extender mi pasión por los animales a algo característicamente español. Aun cuando he decir que he encontrado pocos ejemplos de amor mascotil en Dinamarca (mi vecina: por ejemplo, si se entera por facebook de que un gato se ha perdido en el vecindario, sale a buscarlo y podría decir que en su casa los animales tienen un lugar tan prioritario como las personas- pero este es el único ejemplo que conozco frente a los múltiples ejemplos de españoles animalistas que conozco. ) Pero fuera de cuestiones estadísticas, lo cierto es que la forma de entender la mascota está muy lejos de ser universal.

Recuerdo que una amiga africana me contó que en su infancia, tener un perro estaba fuera siquiera de su imaginación: bastante tenían con agenciarse sustento propio a diario, y así, para ella, a pesar de estar ya pero que muy lejos de tener que preocuparse por nada material, aún no lograba comprender el porqué de tener un perro.

En algunos lugares del mundo es simplemente incomprensible, y la frase quiero tener un perro como mascota es igual a quiero tener una bolsa de basura como mascota. De locos.

Y mis amigos nórdicos sonríen de lado (pobrecilla, piensan) cuando les digo no tengo hámsters por mi hija, sino por mí. Porque aquí las mascotas son cosa de niños. Aunque haya adultos que adoren a sus perros y sus gatos, claro.

Yo me conozco los nombres de todos los perros de mi vecindario- pero no los de sus dueños. Y creo que piensan que me falta un tornillo y que tengo que salir de mi fase de Peter Pan-adora-perros porque les compro galletitas (que siempre llevo en los bolsillos, hasta cuando salgo a correr, porque nunca se sabe). Entonces yo uso esa libertad del migrante para la extravagancia y digo: es que soy española.

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