As Spanish as the siesta II

¿Habéis cenado ya? Me preguntó mi buena amiga a las ocho de la tarde.

-Nooo, hemos comido a las dos y media

Y sonriente, con sincera admiración dijo: ¡Qué exótico vivís!

Nunca me hubiera imaginado que mi vida pudiera ser exótica.. en Dinamarca.

Esto me hizo pensar en uno de esos crónicos artículos periodísticos (de prensa nacional, pero también internacional) sobre nuestros horarios y aquello de que vivimos al revés. Al revés: ese término relativo, perfectamente intercambiable: ¿quién vive al revés?

Sí, como cualquier otro intento homogeneizador planetario, me molesta; da la casualidad de que este intento afecta a España, pero si fuera a Zimbabue, me molestaría igual.

Lo primero que hay que hacer es separar conceptos: porque de lo que se habla no es, en verdad, de la conciliación de la vida laboral con todas las demás (que hay muchas, no sólo la familiar, también está la doméstica, la ociosa, la deportiva, la intelectual, la que se quiera)... porque yo también lo pienso:

Esto de pasar el día y parte de la noche en la oficina no sólo no es humano (y esa es la primera razón por la que debiera abolirse) sino que no es productivo y además de producir estrés, produce paro (cuando, en un altísimo porcentaje, esas horas de más se hacen gratismente) .. no, no se habla de esto, not really; aún me falta por ver algún artículo sobre este mismo sinrazón horario en lugares anglosajones donde la desconciliación es algo más que normal: es exigida.

Ah, y sin olvidar que esa conciliación es para privilegiados, porque si fuera de veras, valdría también para comercios, cines, peluquerías, etc etc etc, a los que, a buen seguro, también les gusta disfrutar de la compañía de sus vástagos, por poner un ejemplo.) Esa conciliación urge, en todo caso.

No: no hablan de conciliación, sino de nuestras costumbres horarias, la famosa siesta (o lo que viene a ser, en realidad, el cierre de los comercios para la hora de comer: porque de la siesta, ese tema de máxima capacidad de irritancia, ya he hablado en este post) : se trata de comer tarde y mucho; cenar poco, pero tarde también- algo que, desde un punto de vista horario, como sabrán muchos, se debe al fruto de la conveniencia hitleriana de tener a sus aliados (Italia y España) bajo el mismo huso.

Más allá, mucho más allá de atrasar o adelantar el reloj están tanto una manera de entender la alimentación, como de unas condiciones térmicas (y no meramente lumínicas) como de una forma de entender cómo y dónde (y cuándo) se articulan las relaciones:

En mi país se entiende que por la noche la digestión es más pesada, y por tanto, la cena, por temprana que sea, debe ser ligera. Aquello que tampoco cumplimos, pero que está en la mente colectiva: desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo.

Al mismo tiempo, aun cuando las condiciones lumínicas fuesen iguales en Greenwich que en Sevilla, las condiciones térmicas, desde luego no lo son- las actividades no se rigen sólo por el sol, como mera bombilla; también se rigen por las temperaturas. Y esto me lleva al último y más importante aspecto de las comidas y sus horarios: su papel fundamental como aglutinador social. Su función como articulador de las relaciones: el cómo y el dónde, y por ende, cuándo se reúnen las personas. En España, las relaciones se articulan en gran medida fuera de casa y en gran medida también en torno a la comida (esto es algo común a ¿todas? las culturas): y es cuando el calor deja de doblar los hierros, que se puede uno reunir con los amigos, por ejemplo, en el verano sevillano: dicho de forma más simple: los amigos se ven fuera de casa. Los amigos se ven para comer o cenar. Fuera de casa no se puede salir antes de la noche. Ergo, se cena tarde (pero poco, que si no luego tengo pesadillas con elefantes.)

En este post puedes leer sobre cómo el hecho de comer juntos, en el mismo horario, es lo que nos ha hecho humanos. Y no sólo eso: nos confiere una identidad grupal, nos define.

Con todo esto no quiero decir que uno tenga que aferrarse a sus costumbres, o no pueda criticarlas o revisarlas, la historia de la humanidad es la historia de la hermosa (y a ratos bien fea) transformación de las costumbres.

Lo que me exaspera es que las conveniencias del mercado apliquen tan a la ligera las peores dosis de un etnocentrismo implacable, pétreo, feroz, ignorante, y que esas conveniencias sean la razón para convertirnos a todos en estándar robots de plástico, que olvidan que comer no es sólo deglutir, sino reunirse, ver la vida y las relaciones.

Y que le roben a las plazas nocturnas el barullo de los niños jugando, y las cáscaras de pipas crujiendo mientras sus dueños hablan de la vida. Eso no, por favor.

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