Son unos guarros

El otro día fui al cine a ver una de mis películas favoritas del mundo mundial: Blade Runner. Gracias a esta afortunada reposición en la pantalla grande (grande no, enorme) pude disfrutar de los encantos técnicos, musicales, cinematográficos en definitiva, que sumados al peso de la historia, de un guión impecable, hacen de esta película una obra maestra por la que a duras penas pasa el tiempo, aunque la imagen envejecida de ese futuro que ya es presente haga, cuando menos, sonreir un poco de lado al espectador.

Bueno. Disfruté al máximo, hasta que llegó la escena más candente de cuantas haya visto en los últimos 10 años. En pleno furor emotivo, el tipo de la butaca de atrás me planta el pie en la cara. Sí. Su pie en mi cara. Oh, oh, perdona, que no te había visto.

Algunas personas, muchas, en este, mi neopaís, tienen la costumbre de plantar sus pezuños donde mejor les venga. En el cine, por ejemplo: muchos se creen que queda muy guay quitarse los zapatos (o no, no sé qué es peor) y plantarlos en la butaca de delante. O en el tren. Ahí, donde tú vas a sentarte, el tipo ha puesto su zapato sucio y maloliente.

Como en todo, cada cultura, cada contexto cultural, tiene su repertorio de señales de lo que es ser guarro y lo que es ser limpio. Y por lo general, nos suele parecer que los demás son unos guarros.

Si poner un pie en la cara de tu vecino cinematográfico es ser guarro y punto o no, se lo dejo al criterio de mis buenos lectores. Como persona que soy, y con derecho al juicio estético (es decir: me gusta o no me gusta), declaro que me molesta y no me gusta. Pero al mismo tiempo, como antropóloga sé que todo es relativo y puedo entreterneme en analizar el fenómeno.

Y añado: una de las lecturas más interesantes que han pasado por mis manos en los últimos años ha sido el libro Purity and Danger, de Mary Douglas, un clásico sobre el concepto cultural de contaminación/pureza y los tabús asociados. Excreciones, sangre, partes del cuerpo...

Ahora no sé si fue en este libro o en las lecturas a las que me indujo este libro, pero recuerdo haber leído sobre el concepto de pureza en la India: una de las cosas que contaban es que en la India, los pies son lo más impuro del cuerpo y así, pisar a alguien es una ofensa equivalente (o peor) a tocarle el culo, trasero, pompis a alguien (ya veis: la cantidad de palabras circundantes que hay para el culo son un indicativo de que esa parte de cuerpo es mejor rodearla) ... (algunas veces pienso pies daneses, sentir indio..hmmm... mala combinación)

Y vuelvo al repertorio de señales indicativas de pureza: cada cultura establece unos cánones de lo que significa la limpieza (barrer todo el rato, lavar las mantas, limpiar los cubiertos que se caen al suelo, con cuánta frecuencia hay que ducharse, lavarse el pelo; las uñas, la sangre, la casa, las calles; no menos, la polución ambiental, etc etc etc) ... y cada cultura mide por ese rasero a las demás y puesto que una higiene absoluta es imposible (no porque uno no se esfuerce, es una cuestión de imposibilidad conceptual) siempre es posible acusar a los demás y decir: Son unos guarros.

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