Los humanos somos árboles (sí)

Raíces del árbol
Una vez, cuando ya estudiaba antropología y hacía sesiones para toda la sede de mi oficina sobre las maravillas y los retos de trabajar en ambientes multiculturales, me mandaron a un minicurso de un día sobre este tema. Acepté ir porque nunca se sabe lo que uno puede aprender. Y algo aprendí, sí: que el mundo se ha llenado de especialistas de servilleta de bar.

Este hombre, un tipo de negocios de los que escriben libros con portadas de tipografía suntuosa, se había sentado un día a escribir las claves del éxito (ah, como les gusta la palabra éxito a esos que escriben libros de portadas de tipografía suntuosa) de sus viajes de negocios a lo ancho del globo, sobre las claves de trabajar con otras culturas. Y durante las seis horas que duraba el curso se dedicó a instruirnos en sus apuntes de etnografía, una sarta de estereotipos e imbecilidades. En la comida se atrevió a preguntarles a los asistentes del curso: ¿cómo son los daneses? y sacó su boli dorado, robó unas servilletas de papel del restaurante y escribió su etnografía de servilleta de papel sobre el pueblo danés. A buen seguro incluyó tan sólidas y científicamente contrastadas conclusiones en sus subsiguientes (a la par que carísimos) cursos timo sobre las demás culturas.

Pues sí, hay muchos especialistas de servilleta de papel. Recientemente he leído un artículo buenísimo dedicado a un famoso pensador de servilleta de papel, pero el que me ocupa hoy es aquél que dijo:

Si no te gusta el lugar donde estás, muévete, no eres un árbol.

Una de esas frases que quedan tan bonitas pero que son como lacar tu coche con un pintauñas: el grosor de la capa no resistiría ni una tarde de lluvia: son ultrafinas, flojas, huecas y faltas de reflexión, y ante todo, de conocimientos. Lo peor de todo es que son de alta tragabilidad, pero terriblemente indigestas, tanto como lo son las servilletas de papel en las que se escribieron.

Lo que quiere decir el tipo es que si eres infeliz, si no has tenido ese éxito preciado (un anhelo colectivo que tan rico le ha hecho, por cierto) es por tu culpa. Sobre esto ya he escrito en alguna ocasión: y dale con echarle la culpa al individuo- aunque a esto me refiero con lo de la indigestibilidad: porque hacen daño, porque quien lee y se cree una frase así de ocurrente y biensonante, que bastante tiene con lo suyo, encima tiene que aguantar que es todo culpa suya, y estas frasecitas contribuyen a la cimentación de la alucinación colectiva de que todo está en tus manos, si te lo propones, lo logras. Y si no lo logras: buuuu: eres un vago o un tonto.

El otro día pensaba en esta creencia del individuo todopoderoso que está por encima de los límites conocidos y por conocer, esta creencia de servilleta de papel, ha eclipsado aquella aplastante verdad existencialista de que el ser humano no es libre, porque, y aunque solo sea porque, sencillamente, tenemos un cuerpo que tiene (oh, sorpresa) límites. Nuestro cuerpo no nos permite, por ejemplo, volar, que es algo que me vendría de perlas, la verdad, con lo chunga que se está poniendo la aviación y lo que echo de menos a mis gentes, mis lugares, mis objetos, mis veranos... Pues va a ser que no.

Pero si tomamos la frasecita tal cual: muévete, no eres un árbol. El autor no sabe lo que es, en frase de una gran antropóloga sueca, tener las raíces al viento. No sabe lo que significa desorientarse cuandoa uno le duelen esas raíces al viento porque se había creído, de veras, que uno no era un árbol ni por asomo.

Los humanos necesitamos raíces, igual que los árboles. No es fácil moverse, ni en sentido simbólico, ni en sentido literal.

Las raíces nos dan una identidad, una estabilidad, un saber quiénes somos. Necesitamos identificarnos con grupos de personas, con cosas, con lugares. Los lugares, y los no lugares.*

Eso no quiere decir que tengamos que conformarnos con todo ni que tengamos que ahogar nuestro sentido crítico o que hasta un día, si tenemos fuerzas, y posibilidad, digamos Basta y nos marchemos. Claro, si podemos, que eso tampoco es tan fácil como parece. Ni simbólica ni literalmente.

Pero no debemos olvidar nuestra condición arbórea, porque de otra forma lo pasaremos fatal y no enteremos por qué nos sentimos mal. Si al fin y al cabo, no soy un árbol-lloraríamos en una esquina...

Pues sí. Y a mucha honra.

* Esto de los no lugares es una genialidad de Marc Augé, un antropólogo francés: soy fan total.

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