Gracias

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Una de las mejores maneras de adentrarse en una cultura es aprender su idioma.

No solo porque nos abrirá un mundo nuevo de relaciones con personas locales, sino porque además el idioma nos permitirá cuando menos intuir cómo sus parlantes entienden el mundo. El lenguaje no es una mera colección de palabras y reglas sobre cómo juntarlas. Es una representación del mundo.

En realidad yo ya lo había estudiado en filosofía del lenguaje, pero no comprendí de verdad lo que quería decir hasta que no estudié ruso. Su sistema de preposiciones es infinitamente más detallado que en castellano. Me imagina a los rusoparlantes con una redecilla de esas verdes de los ordenadores con cinco dimensiones integrada en la visión.

En castellano colocamos las cosas en el espacio de una forma mucho menos precisa.

O por ejemplo en chino no existen los tiempos verbales. O en muchos idiomas no existe el subjuntivo.

Y por supuesto, quién no ha oído hablar de las mil palabras que tienen los Inuit para la nieve (aun cuando esto no está exento de polémica: los hay que dicen que es un mito, pero recientes estudios apoyan la tesis de Franz Boas). Menciono este ejemplo porque es uno de los más conocidos, pero los hay abundantes: recuerdo un tratado sobre los nombres de las verduras en La Rioja, con las múltiples variaciones para los nombres de los pimientos.

Haré una pausa en este post tan sesudo: Recientemente vi en un mercado de Copenhague: Pedrón. 20 kr./100 gr. Entonces le dije al dependiente: eso, además de ser incorrecto suena un poco mal. Entonces el tipo me dijo: Ja, de kaldes også (se llaman también) ... pimientos (y enarcó las cejas para darle interés y misterio a sus sabias palabras).

Lo que hace una letra. El dependiente me miró como si estuviera completamente loca, porque por supuesto se llevó un charlote sobre los Pimientos y los de Padrón. Pero desde luego no entendió por qué era tan importante cambiar el cartel. No lo han cambiado. Estaría escrito con rotulador indeleble.

Además del aprendizaje cognitivo que proporciona estudiar un idioma, hay que aprender a calibrar. Hay que aprender los contextos de las palabras. Cuando estudiaba sueco me hacía mucha gracia que Jävla fuese una palabrota. A mí me sonaba como decir cáspita o córcholis. Pero claro, lo que cuenta no es el sentido literal de la palabra, sino la prohibición de decir esa palabra: para algunos decir Dios mío es lo peor de lo peor, porque es mentar el nombre en vano. De esta forma, Lentejas hubiera podido perfectamente convertirse en una palabrota de igual alcance que xxxxnes.Yo la verdad, aún no sé cómo de lejos lanzo la piedra cuando digo ciertas palabras en danés.

Y es que no se trata sólo de aprender cómo se dice una palabra, sino cuándo y cómo utilizarla.

En Escandinavia se dice gracias por todo y repetidas veces además.

En Dinamarca, al terminar de comer, se dice gracias por la comida. Es señal de cortesía llamar dos días después de haber estado en casa de amigos para dar las gracias por la última vez. Y por supuesto si alguien te da un regalo y no lo agradeces unas cuantas veces pueden llegar a pensar que te has enfadado y ofendido por el regalo. Además, claro, de pensar que eres un maleducado.

Yo por lo que doy las gracias, así en general es por la variedad lingüística del mundo. Los idiomas pueden servir para muchas cosas, pero no hay duda de que son una de las maravillosas nubes de enriquecedora esencia humana que flotan sobre nuestro planeta.

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