Desnudeces.

Hace muchos años, antes de haber vivido en Dinamarca, leí el relato Los Baños, de Klaus Rifbjerg. Me hizo gracia su descripción de los desnudos en las duchas de una piscina pública*.

En Dinamarca, como en algunos otros lugares del mundo, las duchas de las piscinas, son una ristra en la pared, donde las mujeres (en la sección de mujeres) y los hombres (en la sección de hombres) se ven obligados a exhibir sus cuerpos en la completud más absoluta; en Dinamarca, supongo, debido a la generalizada minimización del uso de los productos químicos, la cantidad de cloro que se añade a las piscinas es menor que la que se suele utilizar en España. Y por ello, probablemente, se obliga a los bañistas a ducharse sin bañador y usando jabón antes del chapuzón con el fin de introducir el menor número posible de gérmenes en la piscina**.

Llegado un momento, uno se acostumbra a la desnudez y la incopora a la normalidad con el mismo esfuerzo que se gasta en incorporar un nuevo zapato al armario. O no. Porque si hay razones religiosas o la educación recibida ha puesto mucho acento en la importancia del pudor, la desnudez pesa de tal forma que no puede normalizarse. La desnudez es algo muy territorial. El cuerpo de uno es su territorio.

Y hemos aprendido los derechos y deberes que tenemos sobre nuestro territorio: así, por desnudez pueden entenderse muchas cosas, desde mostrar el pecho al médico que te ausculta (pero no así al hijo que amamanta) hasta mostrar la mano en cualquier lugar que no se tu casa.

la desnudez no consiste meramente en enseñar una parte de nuestro cuerpo, es también a quién, dónde, cuándo y por qué y todo esto es altamente variable en distintos lugares del planeta, y en distintos estratos sociales.

En el contexto danés, al mismo tiempo que el largo permitido de la falda es conservador (en comparación con el permitido en España), se puede uno poner en bolas delante de una decena de perfectas desconocidas, siempre y cuando sea en la piscina, un espacio restringido, pero público, al fin y al cabo. Desconocidas, o no: en cierta ocasión tuve un encuentro fortuito con una colega que se acababa de jubilar. El Uynotehabíavisto no cabía en la situación: éramos las dos únicas visitantes de las duchas de la piscina. Así que, en una escena casi surrealista, mantuvimos una conversación absolutamente corriente a la luz de nuestras lorzas. Eso sí, cuando nos despedimos hicimos algún comentario jocoso, quizá para quitarle hierro a aquella moderada incomodidad.

La relatividad o arbitrariedad del propio código del vestido y de su interpretación se muestra en la diversidad de, por poner algunos ejemplos en quién puede llevar qué color y los significados asociados a los colores: el blanco, color de luto en la cultura china o japonesa; el negro, color prohibido en las bodas danesas; cuándo se lleva abrigo- aunque te ases de calor- o sandalias- aunque te peles de frío-, cómo un velo que cubre el cabello es en ciertos sectores interpretado al mismo tiempo como un símbolo de pureza, de bondad (en una monja católica) y de opresión, conservadurismo (en una mujer musulmana). En por qué no salimos a la calle con la ropa que se vende en la sección de pijamas aun cuando no dista mucho (o nada, en ocasiones) de la ropa que se vende en la sección de "ropa-permitida-para-salir-a-la-calle".

Y aprender las nuevas normas de cuándo, qué, con quién hay que ponerse o quitarse ropa es hasta gracioso. Sólo hay que recordar la máxima del respeto. En las dos direcciones. Respeto a las normas, respeto a las creencias y al concepto de intimidad de cada uno. Aunque sean incompatibles.

*Ahora que lo he releído, comprendo que no había entendido nada. Que no era una visión jocosa de los colgantes masculinos, sino de la naturalidad del descubrimiento de los ajenos y del uso que se les da. Porque casi sin pausa, el niño pasa de relatar que sabe lo de cómo se hacen los niños y contar cómo uno de los hombres evidentemente acaba de usar su parte colgante, a decir que no le esperan a cenar si llega tarde.

** Huelga decir que muchas veces observo las plantas de los pies de quienes nadan delante de mí, y por mucho que se hayan duchado sin bañador, se han dejado en los pies sus gérmenes y los de sus antepasados también. Pero esa es otra cuestión: de cómo la higiene de los demás nos parece siempre guarra, porque olvida aquellas partes que a nosotros nos parecen elementales. A ellos les parece lo mismo, que lo sepáis. Pero de esto hablaré en otro momento.

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