Cosas que no se pueden transportar

En Dinamarca hace frío. También (o más bien sobretodo) en verano. Entonces, cuando vivía en Madrid, me parecía maravillosa la perspectiva de un verano templado.

Todos, sin excepción te dicen: Ya me gustaría un verano sin calor. Ya. Hasta que se dan cuenta de lo que realmente ES un verano sin calor. Y todas las cosas que comporta un verano con calor. La brisa en un concierto al aire libre. O los grillos, por ejemplo. Una vez me compré una caja de grillos en una tienda de animales.

¿Cómo son los roedores, pequeños o grandes? Me preguntó la dependienta, segura de que pensaba usarlos como alimento.

No, si los quiero para que canten.

Ella miró de reojo el teléfono- en ese fugaz pensamiento de: ¿llamo ahora a los del frenopático?. Pero accedió a darme los grillos.

Los puse en el sótano en la ilusa esperanza de mitigar una inevitable sensación de enlatamiento. Pero no hice más que amplificar el vacío del escenario. Sus cantos, a diferencia de los grillos en libertad, constituían un eco vacío, sordo. Les faltaba la magia del manto de cristal que erigen los grillos en el campo en las noches de verano.

Sus conciertos no pueden meterse en una caja de plástico agujereado. La esencia del verano es tan grandiosa que no cabe más que en su escenario. Ni siquiera en la nostalgia de quien lo evoca.

Y ahora, mientras escribo desde la terraza de este hotel, se adivina una conversación interesante en un italiano rumoreado, envuelto en el canto de los grillos sólo alterado por el eco de algún perro perdido en las paredes de las montañas y la luna incipientemente llena proyecta un charco de luz en el más ancho de los mares.

No se puede pedir más.

O sí. A tus hermanos a tu lado.

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