¿Hoy? ¿Mañana?



Hace menos de un mes describía la situación distópica del confinamiento chino como algo real, aunque muy lejano.

La situación varía de un día a otro. Decía Augé que nuestra era, la tardomoderna, se caracteriza por los excesos. Este virus y todo lo que le rodea es extremo: los efectos y sus dimensiones ya astronómicas, aunque su alcance está aún por ver, porque no hemos hecho más que empezar.

Hace apenas unos días hubiera reflexionado sobre las costumbres de cada país, esas cosas que hacemos sin darnos cuenta, como besarnos o comer todos del mismo plato. Hoy eso ya ha perdido toda relevancia, porque, al fin, se han decidido a cerrar los restaurantes.

Hace apenas unos días, hubiese reflexionado sobre la necesidad de espaciar los contagios para asegurar una afluencia menos dramática a los hospitales que permita atender a todos los afectados. Pero hoy ya todo el mundo ha visto el gráfico del aplastamiento del contagio.



Hoy toca esto:

Ayer

En 1918, en plena Primera Guerra Mundial, se abrió paso una de las pandemias más dañinas de la historia: La gripe española —así llamada porque la prensa de nuestro país era la única libre de censura por ser neutral en la guerra; en otros países, como Inglaterra, a pesar de ser uno de los grandes afectados, se ocultó la pandemia por temor a la deserción de los soldados.

La gripe española se originó en los Estados Unidos, y los soldados norteamericanos la trajeron a Europa. Parecía que se había superado, cuando un segundo brote del virus ya mutado a una cepa mucho más agresiva, entró en Europa de nuevo en un barco que traía unos 9000 soldados norteamericanos. Esta vez, el virus era mucho más letal, los infectados morían en cuestión de un par de días.

Vino el armisticio, y la gente se lanzó a la calle a celebrarlo: besos, abrazos, aglomeraciones, facilitaron un contagio masivo que segó al menos 50 millones de vidas, aunque se calcula que pudo alcanzar los 100 en el mundo entero excepto en Australia, donde el tajante cierre de fronteras les libró de la epidemia.

Las lecciones de aquella tragedia pueden verse aplicadas hoy: el aislamiento de los infectados, el uso de mascarillas y otras medidas higiénicas, así como el cierre de fronteras, por ejemplo. Lo que entonces pareció una medida exagerada —como aislar el campamento de soldados donde se produjo el segundo violento brote del virus mutado —hubiera salvado muchas vidas.

Mascarillas en 1918

Hoy

Hay muchas cosas que decir, pero se puede resumir en una palabra: demolición. De todo.

Todo lo que conocemos, tal como lo conocemos, ha cambiado: nuestras vidas, la manera de organizarlas, nuestras relaciones; nuestros mundos. Ahora, en muchos lugares, se han visto reducidos al espacio entre las paredes de nuestras casas, y, con fortuna, de nuestros jardines.

Apenas hace unas horas, Dinamarca, como otros países, cerró sus fronteras a todo el que no sea ciudadano o resida en su territorio. No quiero imaginarme el escenario trágico del aeropuerto de Copenhague, repleto de Nasseris. Gentes que no pueden entrar, pero como no hay vuelos, no pueden tampoco salir.

Sin ser en absoluto dramático, pensar que no puedo ir a Madrid me produce desasosiego. ¿Y si le ocurre algo a mi familia? Ahora comprendo lo que sienten quienes, presos de una dictadura, no pueden salir de sus confines.


Ni siquiera puedo ir a Suecia, a Helsinborg —las luces del fondo— que está al lado. Estaba. Ahora es tan inalcanzable como la luna.


El futuro

Es algo que apenas hace unos días tenía rostro: hoy nadie sabe cómo será mañana. Y casi da un poco igual: es como si los calendarios de muchas personas estuvieran en suspenso. Le han dado al botón de pausa. Hemos pasado del exceso de la rapidez al exceso de la frenada.

Derechos y libertades que parecían inamovibles apenas hace una semana, se han visto movidos en cuestión de horas —y no solo eso, sino que parece lo más razonable del mundo.

Quizá sea esto lo que más me llama la atención, los derechos individuales se han visto empequeñecidos ante la repentina evidencia de la relevancia de la palabra humanidad; como un todo, la necesidad de que todo el mundo tire en la misma dirección, sin excepciones (aunque alguno queda por el planeta que no se ha dado cuenta), porque si no, no podremos salvarnos. No es que no los haya que no aprovechen para intentar sacar rédito de esta situación, pero no es el momento de pelearse. Es el momento de arrimar el hombro.


Hace tiempo que manejo la idea de que en la era tardomoderna, la líquida, donde todo ocurre tan deprisa que nada se queda, no da tiempo a que cuajen los cambios duraderos. Los acontecimientos no tienen consecuencias, porque no da tiempo a que nada cambie, y por tanto, bajo una apariencia de un mundo de ciencia ficción, la realidad es más que viejuna, es pretérita.

Me pregunto si este parón de la realidad supondrá, por fin, el impulso de un cambio verdadero; no dudo de que este virus va a cambiar para siempre el curso de la Historia. Comoquiera que sea.

La gran pregunta es ¿qué significa Hoy? ¿Y Mañana?


































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