Perversión del ritual


El ritual forma parte de nuestras vidas. Mucho más de lo que somos conscientes, porque hemos asumido una repetición, diaria, anual o casual de elementos como algo natural, en lo que no reparamos.

Un ejemplo de ritual diario es la forma de comer: no solo en la comida en sí, algo muy marcado culturalmente, sino también en el momento preciso en el que se come, con quién, o cómo se dispone la mesa.

Un ejemplo de ritual anual puede ser cómo se celebran las distintas fiestas, y en algunas somos más conscientes de su ritualidad, como la Navidad. De otras no somos tan conscientes, acaso de la liturgia de los cumpleaños, sometidos a ciertas reglas relativamente inflexibles: cómo se celebran, si es que se celebran, con quién, qué se hace. Si se dan regalos o no. Qué regalos, quién los da, qué se hace con ellos.

En Occidente al menos, la celebración del cumpleaños suele implicar una comida. Y con el tiempo hemos aprendido el orden de lo que ocurrirá y cuánto durará la celebración. Desde cómo entramos en la casa del anfitrión, dónde dejamos nuestros abrigos, bolsos y otros objetos personales, hasta si viene aperitivo, primer, segundo plato, postre café, intercambio de regalos, y todo en un lapso relativamente concreto de tiempo.

En cierta ocasión, me di cuenta de cómo me ponía nerviosa porque la fiesta se estaba extendiendo hasta alcanzar las siete horas, unas cuatro o cinco más de lo habitual por estos lugares. Hasta que no me di cuenta de que mi expectativa del ritual estaba siendo retada, no logré relajarme, a pesar de estar disfrutando verdaderamente de la compañía.


Hay algunos rituales que tienen muchas posibilidades de no ser aceptados como tales por las personas que los viven, porque consideran que su función es evidente, y por tanto no se trata de un ritual, sino de algo que hay que hacer, como el cepillado de los dientes o las elecciones democráticas.

En realidad, todos los rituales tienen su cometido, una utilidad práctica, como la higiene dental o la rotación en los poderes, pero eso no significa que no lleven una carga simbólica muy fuerte, que nos sirvan para ensalzar un valor, marcar un cambio importante o reiterarnos en el respeto de alguna institución o en el afecto que profesamos a una persona en concreto.

Precisamente por este valor simbólico, algunos rituales están cargados de responsabilidad para quienes los ejecutan, porque el desgaste de la propia ceremonia puede conducir a una erosión cáustica, irreparable de los valores honorados.

La devaluación de la democracia en la repetición de comicios cuatro veces en cuatro años es colosal. Yo me quedo con las fiestas de cumpleaños de siete horas, esa perversión del ritual me gusta mucho más.

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