Postales veraniegas I: Bolsa de pan


O el elogio de la bolsa de pan colgada de la puerta.

Cada años me sobrecogen escenas repetidas como si fuera nueva en esta que es mi anciana tierra.

Escenas de relevancia irregular, algunas albergan cierto grado de banalidad, otras son la punta de un iceberg aún más grande.

Una de ellas, pensé, tendría más miga: los pescaderos hablando de cine. Pero mientras escribía sobre la más superficial, la bolsa de pan, decidí dejar a los pescaderos con sus pelis para otra ocasión.

L a b o l s a d e p a n c o l g a d a d e l a p u e r t a

No había reparado en lo mucho que dice esta escena.

Empecemos por lo obvio, para nivel uno de Sherlocks: la presencia del pan en nuestra gastronomía: es un fijo que requiere mimo diario.

Mi referencia de contraste es la omnipresencia patatil nórdica. Y no es que no haya pan en las mesas del norte, pero no de una forma tan taxativa, y, en realidad, allí las patatas son perfectamente prescindibles.

En España, el pan es como el aire para respirar y eso obliga o da pie a maniobras como la de la bolsa en la puerta.

Por ejemplo, en las excepcionales ocasiones en las que un anfitrión no sirve pan a sus comensales, las disculpas hacen parecer la circunstancia una catástrofe mundial: una comida sin pan es un impensable.


Esta impepinabilidad panística bien podría resolverse en las tiendas, y es así en muchos casos, pero en algunos lugares persiste la hermosa costumbre de la bolsa — en ocasiones, incluso cosida a mano— colgada de la puerta.

Esta costumbre implica una relación entre quien la deja en la puerta y quien más tarde la recoge. Sea el panadero, sea un amigo o un vecino. Y se objetará: bien podría ser un vecino abusón, cierto. Y también esa relación podría ser un mero contrato, cierto; pero aun así, en un tipo de nexo como este, bien podría caber algo como —Manolo, las barras que me dejaste ayer no estaban muy tostadas— que supone un cierto grado de intimación.

¿Nostalgia? Sí, de los lugares. Porque de pronto me he dado cuenta de que mi post no es otra cosa que un elogio a la bolsa de pan colgada de la puerta, paralela al Elogio del bistrot de Augé, una deliciosa lectura que, por supuesto, recomiendo con fervor.


La bolsa de pan es un reducto de humanidad, frente a la fría impersonalidad de una cesta de hipermercado, incluso cuando estos hacen un esfuerzo por disfrazarlo de panadería, pero que se queda en mero decorado de un no-lugar.

Habré hablado ya sobre los no-lugares descritos por Augé: espacios despojados de significado, de relaciones humanas, donde solo caben meras transacciones. Donde había una encrucijada de caminos, con sus nombres, cargados de episodios ocurridos en ellos, ahora hay autopistas, circunvalaciones, nombradas a golpe de número.

Aunque también es verdad que en esas autopistas, al igual que en esos simulacros de panadería, se den casos como el de Elsa, que conoció a su marido en un atasco de la N-II: —Llámame — le dijo señalando al teléfono rotulado en su furgoneta. Y al día siguiente, la casualidad les juntó en el mismo atasco y Elsa se rindió a las bromas del destino y le llamó.

Pero estas no dejan de ser magníficas excepciones a la naturaleza de los no-lugares: meros espacios de transporte o de intercambio comercial desprovistos de ánima.



Cuántos tesoros guarda una bolsa de pan, vapores de alma humana.







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