Diurnidad nocturna


Siempre me ha gustado la noche de San Juan: me parece mágica.


Aquí, en el norte, cobra especial relevancia, porque la luz es literalmente vital.

En el verano hasta los zombis más apagados resucitan de un letargo impuesto por una carga energética paupérrima: como decía mi profesor de sueco: la intensidad del sol de invierno, si es que lo hay, no llega los 20 watios. La entrada del estío es, pues, motivo de celebraciones varias (aunque es verdad que esto lo hacemos también en nuestra cultura).


Las noches estivales, si es que los dioses se portan bien y nos regalan buen tiempo, son de una oscuridad escasa tanto en cantidad como en calidad:

Tomé el vídeo que abre el post hace un par de dás a las 2:34 de la madrugada. De la mañana. Ya había amanecido y quedaba esa luz de cuadro de Magritte: uno no sabe si es de noche o es de día.


La cosa estaba así ayer a las doce y media de la ¿noche?

Mi sangre agradece la luz, y me fascina la diurnidad noctámbula, pero, al mismo tiempo, mi espíritu trasnochador echa de menos el oscuro silencio brujo de las cuatro de la madrugada de una noche del verano de Madrid.

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