Viajeros



He terminado de leer este compendio de ensayos sobre viajes. Al acabarlo me ha invadido una cierta pena, como la de quien despide por un rato a un amigo cercano: Stevenson cuenta sus relatos como si estuviera sentado junto a su lector .


En el libro hay diarios de viajes, hay reflexiones sobre el viajar, retratos de ciudades o paisajes, algún incidente tronchante, pero sobre todas las cosas, lo que murmuran esas letras era el grandísimo espíritu de este que es uno de mis héroes: su inteligencia, su curiosidad infinita, su enorme sentido de la aventura, su apreciación de la vida. Y su grandeza humana.


Además, empapa el libro la imagen de lo impetuoso del viajar de aquellos tiempos: las peripecias, las dificultades, los riesgos y las penurias de sus itinerancias planetarias son fascinantes.

Uno de los capítulos retrata el fenómeno del viaje migratorio europeo al continente norteamericano, del que él mismo fue parte: apiñados cual ganado, atravesaban el Atlántico en barcos que temblaban ante las tempestades; después de llegar a Nueva York eran recibidos por malhumorados agentes migratorios, que, de nuevo, amontonaban las hordas de recién llegados en trenes que atravesarían de costa a costa los Estados Unidos.

Y en aquellas desventuras, el hambre, el frío, la lluvia, la ausencia de sueño eran salpicadas de anécdotas de los compañeros de viaje.

En las últimas páginas, Stevenson hila un discurso contra el racismo en el que, con los mismos argumentos que se usan hoy, desmonta los mismos argumentos racistas que se oyen en nuestros días.


La crónica de R.L. Stevenson me devuelve la idea de que, por más que haya cambiado la tecnología, por más que nuestras formas de resolver los nudos que nos da la vida, los cambios profundos son verdaderamente milimétricos. Y esto, paradójicamente, es aún más acusado en los tiempos que corren —más raudos que nunca.


Si la historia no es más que un bucle, si la historia no es más que una repetición de lo mismo, o la bola de un condenado, atada a los pies de sus protagonistas, si los cambios, en realidad, no son tan profundos como pensamos, con la llegada de la aceleración del cambio, lo que ha ocurrido es que los acontecimientos se producen con una rapidez tal que no llegan a consolidarse, no da tiempo a que se produzcan consecuencias. Y así, paradójicamente, tantos cambios superficiales, impiden el verdadero cambio, el profundo, el que hace muescas en los espíritus.







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