Artículo 5.



.En la última semana han sido difundidos escalofriantes documentos gráficos, sonoros y epistolares donde hemos podido palpar la increíble crueldad xenófoba de un gobierno cuya ignorancia solo es superada por un estúpidamente frívolo sadismo.


Estamos hablando de tortura infringida sobre menores y por eso no caben medias tintas. La condena moral a estos incidentes no abre lugar a matices ni a contextos ni a aclaraciones. No habría ninguna razón en el mundo que pudiera justificar el daño que están sufriendo estos niños y sus familiares. Ninguna.


La problematización de la migración- es decir, centrar la atención y crear, de forma o no deliberada, la impresión de conflictividad- ha sufrido un preocupante incremento en los últimos años. La utilización política de convicciones sinceras o no (no sé qué preferir) ha mostrado una eficacia electoral a la que se apuntan un creciente número de formaciones políticas de todos los colores.

Quizá sea necesario recordar que la Historia de la Humanidad es la historia de las migraciones. Oí el otro día a un comentarista político decir que, en realidad, esto responde al pánico a una superioridad poblacional amerindia, basada en proyecciones demográficas, blabla. Esto no solo es abiertamente racista, porque adhiere territorio a unas determinadas características fenotípicas (color de piel, rasgos físicos en general) sino que además es perversamente cómica, por cuanto se refiere a la historia de los Estados Unidos (y otros cuantos lugares del planeta, pero estamos hablando de este caso en particular), donde la población indígena, barrida del territorio, presenta unos porcentajes demográficos ridículos, por no hablar de su peso simbólico en la identidad nacional. Las oleadas de migración europea son tan recientes que sorprende la amnesia histórica y hasta familiar de los perpetradores de las crueles medidas.


La problematización y criminalización del migrante tiene su raíz en su deshumanización, en el despojo de su condición como persona: porque solo así será posible despojarles de sus derechos fundamentales, y será posibles someterles a los más sangrantes, en este caso sádicamente maquiavélicos tratos. Paradójicamente, esto responde a un hiperbolado absolutismo cultural (mi cultura es superior a la tuya) precipitado en un espantoso relativismo moral, que, al cercenar la Unidad Psíquica humana, justifica y legitima la violación del sagrado respeto que se debe a todas las personas del planeta.


La criminalización del migrante es un atentado contra la humanidad, es una afrenta a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que, a día de hoy, parece ser un cromo en un viejo álbum del que pocos recuerdan cuánta sangre, sudor y lágrimas se hubieron de derramar para tomar conciencia de su importancia.

Incluso antes de los artículos 14 y 16, está el Artículo 5: Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.


Pero el superlativo efecto Dunning-Kruger en manos de una persona con superlativo poder, se convierte en una combinación molotov.

Cree esta persona que los problemas (?) son fáciles de arreglar, basta mano dura y un pragmatismo aplastante. Literalmente. Y en su superlativo Dunning Kruger asociado a un trastorno narcisista de dimensiones planetarias (también esto es literal) arrolla con su ignorancia no solo las vidas de esos objetos, a los que su ausencia de empatía le impide ver como personas, sino la del resto de los humanos. Porque sus acciones tienen repercusiones internacionales por el efecto modelo-a-seguir. Abandonar la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, ha ido al compás de su habitual estrategia RompeRalph: cuando algo me incomoda, lo destruyo. Sin duda, esta retirada busca no solo desprestigiar a la institución, sino a los mismos Derechos Humanos, que son, para el superlativo portador del efecto Dunning-Kruger, un estorbo en sus planes cargados de egopragmatismos incompatibles con los principios. Iba a escribir democráticos. He borrado y escrito éticos. Pero he vuelto a borrar. Con Principios basta.


Decía Levy-Strauss: Le barbare, c'est d'abord l'homme qui croit à la barbarie. El bárbaro es, ante todo, la persona que cree en la barbarie. Quién le iba a decir que las cosas se volverían tan feas.










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