Postales invernales IV: Entonces


Entonces vienen las compras para llevar: que no se me olvide el regaliz salado o las chocolatinas ultrafinas para el pan; y llenas más de la mitad de la maleta con esos regalos exóticos. Y entonces viene el pánico al avión, esas rachas de viento huracanado, esas nubes perversas preñadas de hielo, pero cruzas la puerta de la peligrosísima nave porque te pueden más las ganas.

A ratos me siento un poco como esas ocas que cruzan el cielo ruidosamente, rumbo al sur, pero por un rato.


Entonces vienen las librerías infinitas, donde parafrasearías al señor Creosote, en El sentido de la vida: lo quiero todo. (No pongo el link del vídeo por deferencia a vuestros estómagos.)

Adoro esta ciudad, te dices de cuando en cuando, aun ante la banal panorámica de un portal cualquiera.

Croquetas con gambones (Marta dixit), ruido ambiente, vida, a ratos, un solecito sorprendente. Churros para desayunar, merienda, comida y cena petados en agenda de migrante, más estresante y devastadora que la del presidente de la Vía Láctea, un poco de Padrón: unos se enfadan y otros non.

Regalos, en un ritual sagrado del Don con el que se sella la amistad, tan sagrado como cefaléico: porque a ver quién es listo que cierra ahora la maleta.


Entonces toca volver. Y todo se apaga un poquito, porque si la cuesta de enero es dura, aún lo es más para quien no quiere, por nada del mundo, que se cierre de nuevo esa escotilla de la peligrosísima nave que te llevará de vuelta a tu neomundo. Menos mal que se te enciende la ilusión porque pronto vas a ver a esos amigos que has hecho a este lado de la escotilla.

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