Postales invernales III: Nieves


La típica postal de una persona apartando la nieve de la acera a paladas con un gorro de aviador y el aliento visibilizado por el frío mientras cruza afables palabras con un compañero de calle, afanado también en despejar el camino... es una romantización de una realidad mucho más cruda: los vecinos reales compiten por el pícaro escaqueo de la tarea que, reconozcámoslo, es un peñazo. Se hacen los remolones, para ver si el otro se estira un poco y le hace su trozo. De forma que no se encuentran nunca, y por tanto, esas conversaciones de alientos congelados a ritmo de pala no se producen más que en las películas.


La nieve es un estorbo logístico colosal: aparejos indumentarios propios de astronautas, calzado sucio, mojado, molesto; tráfico pesado y peligroso... o lo rápido que se convierte en un campo de chof-chofismo grisáceo o, peor aún, amarillento.

Qué asco de tiempo y de frío. El frío, claro. A una temperatura aproximada de -13ºC empiezan a congelarse los líquidos nasales, y esto provoca un interesante crepitar a la respiración. (Y que si hay que ver que no sé qué haces tú aquí, con el solazo y el tiempazo que hace en España).

Esto decían los compañeros daneses de Luis.

Hasta que empezó a nevar.


Todos, que llevaban como poco cincuenta inviernos con sus nieves a sus espaldas, se agolparon junto a la ventana cuales infantes de los años cuarenta ante un escaparate de pasteles, para admirar la magia de la primera nieve. La que trae un silencio inexplicable. La que tiene poderes amnésicos, porque no recuerdas ni todas las que viste ni lo que le sucederá en breve a ese manto de inmaculada crujencia. Ni del frío y si me apuras, de nada.




Para Steen, que hoy cumpliría 88 años.




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