Porras


Foto: Tv2 Lorry

A las ocho cero cero, el presidente de la mesa de administración electoral gritó a viva voz: —¿Hay alguien que no haya depositado su voto y quiera hacerlo? —y ante el silencio expectante de quienes acompañábamos la ceremonia, agitó la campana dorada y declaró la solemne clausura de la jornada electoral. Con sus pequeños pies en 45 grados, dirigió aquel cuerpecillo gordezuelo hacia las mesas donde habrían de contarse las tamañas sabanotas de expresión popular.

Unas horas antes yo había acudido al colegio; la confianza es la base del sistema danés, así, mostrar un pedazo de papel y un somero recitar mi fecha de nacimiento fue suficiente para obtener el permiso para expresar mi voluntad política en aquellas papeletas (boletas) únicas inspiradas en la mismísima Mirthgarthsormr, donde encontrar al candidato elegido parecía una prueba más del perverso Lokki.

Dobladas de aquella manera, se introducían en las urnas, unos simbólicos cubos de basura sin más cerradura que una hebilla de metal. La confianza, de nuevo.

Casi me muero de pena cuando, a pocos minutos del campanazo, apareció el hombre más desamparado que he visto en mi vida con la intención de votar. El presidente de la comisión y él intercambiaron un par de encogimientos de hombros. Y el hombre se fue por la puerta como había venido, bueno: con un voto de menos.


Quienes custodian el buen orden de la jornada y el escrutinio inicial son los funcionarios del ayuntamiento — Es parte de nuestro trabajo, me dijo la jefaza. Se hace un segundo cribado al día siguiente con interventores de las formaciones políticas- y entonces se resuelven las posibles discrepancias.

Las sábanas se amontonaban sobre las mesas agrupadas por formaciones. El abultamiento empezaba a mostrar el mapa político, y algunos de los candidatos presentes miraban con pretendido disimulo, pero se les transparentaba en la frente el imaginario de las negociaciones venideras.


Poco después, una de las funcionarias presentes anunció a gritos los índices de participación, una llamada que arremolinó a todos los escrutantes. — ¿Cuánto? ¿Cuánto?

Con ojos vidriosos, cual capitán Haddock en aquél episodio en Moulinsart, admiré el espíritu democrático danés: aquí sí que se toman en serio la participación.

¿Quién ha ganado? — decían unos y otros. Y yo pensaba: ¿cómo que quién ha ganado? pero si apenas han empezado a amontonar papeletas.

He sido yo: por fin, ¡nunca me toca nada! —dijo una dama. Y le trajeron la recaudación de la porra.

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