Las patas de un taburete (42)



La reciente muerte de un ser muy querido arrinconó mi previa visión cosmológica y me obligó a reconsiderar mi entender, por este orden, de los significados de la presencia, del tiempo, del Universo (o quizá, universo) y ya, de carambola, me llevé un renovado (que no enteramente nuevo) cuadro del espacio.

El dolor de la siempre incomprensible (por repentina) ausencia, me llevó a la urgencia de repensar el tiempo: el presentismo (o pensar que solo lo presente es real) me supo a mosto cuando yo necesitaba cubitos de vodka. Negarle realidad al pasado era robarle a mi querido difunto su existencia. No: el pasado también existe, ahora, además. Y siempre.

Sobre esto había pensado ya:

Me produce severa angustia vital la idea de la irremediable desaparición de nuestro hermoso planeta, y con él, de la humanidad (con los grandes logros de nuestra humilde especie); No: no pueden borrarse sin más de un plumazo cuando el sol nos tueste en su fin. Y no solo porque (sin duda) nos haremos un camino en el vasto universo, sino porque simple y llanamente no puede borrarse. Lo supe viendo este taburete mientras desayunaba en un bar en Madrid; la pintura desconchada de sus patas me reveló la respuesta.

Cuando le llegue su hora a este ejemplar, no habrá fuego que pueda arrancarle las conversaciones mantenidas a horcajadas de su firme lomo. Ni los romances iniciados con el like a un post de facebook enviado desde el móvil de quien desayunara sobre aquella señora silla; las indignaciones al leer el periódico, las amistades rotas, los contratos firmados, el amor y el desamor que estaba escrito en aquellos desconchones no podrían ser borrarlos ni por el mismísimo ardor del núcleo de nuestro astro.

Todo está guardado para siempre jamás en los bolsillos de un tiempo, que, para ser real, no necesita ser presente.

Así, lo que duele de las ausencias es distinto de la inexistencia. Comprendí que el mundo, nuestro mundo, no más que una sucesión de cartas, de fotos. En cada una hay un elenco de personas, de acontecimientos, de objetos de nuestro presente, pero todas descansan juntas en la mesa de la existencia. No quiero restarle importancia al orden que otorga la causalidad, claro. Pero en el borde del tiempo, cuando todo se acabe, estarán todas juntas sobre la mesa (entre paréntesis me permito decir que sabremos entonces lo que todos quieren saber: cómo acabará todo.)

Lo que duele de la ausencia de las personas que se nos van para siempre no es que ya no sean reales, porque nunca podrán dejar de serlo: sino que no están en la foto que tocamos ahora con nuestros cuerpos. Que no pueden cambiar nuestra carta contigua con sus acciones. Que no pueden ver el resto de nuestro libro.

Y es lo que tienen las páginas de este cruel álbum de cartas, de postales de nuestras vidas: no se pueden traspasar sus malditas fronteras. Aunque a mí, saber que están todas juntas sobre la mesa, me consuela. No se ha evaporado ninguna. Ni ha dejado de ser real.


Lo mismo ocurre con el espacio. Sólo se puede estar en la carta de un espacio al mismo tiempo. Cuando nos mudamos a otro país, saltamos a otro cromo, y, por mucho que los otros espacios sean reales, las fronteras infranqueables de nuestro nuevo espacio nos producen una horrible e incurable nostalgia cuántica.



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