Europea, Terrícola


Algunas conversaciones de taxi son aventurosas, apasionantes o inspiradoras. No hace mucho, sentada a la usanza danesa en el asiento del copiloto, el taxista que me conducía me preguntó sobre mi procedencia, y acabamos hablando de las dificultades de la transnacionalidad, esto de ser de todos los mundos en los que te encuentras identificado y así, en esa multiplicidad politerrícola, termina diluyéndose la identidad del migrante hasta el límite de no ser de ninguno.

No me siento de ninguno de los dos lugares al completo, y al mismo tiempo, me siento de los dos.

Tú lo que eres, es europea. Lo dijo con la convicción de quien acaba de resolver el problema del Quinto teorema de Euclides.

Y lo cierto es que me pareció una acertada a la par que paradójicamente nada obvia observación. Porque claro, soy europea, pero nunca me había planteado esa capa de identidad. Y no me he planteado lo que significa para mí esa identidad que llevo incrustada y que podría resolver este doloroso dilema identitario. Cierto, me identifico con algunos aspectos, soy consciente de que la comunicación con mis co-continentianos me resulta, en muy general y muy relativamente más sencilla que la comunicación con gentes de otras áreas del globo. Otras me desagradan profundamente. Pero no sabría encontrar en el baúl de mis desbaratadas ideas lo que para mí significa ser europea. Quizá esa identidad es muda y acromática porque nunca he vivido temporadas suficientemente largas lejos de sus fronteras y no he tenido ocasión de confrontarla con otras identidades. Al fin y al cabo, las identidades se basan en el contraste.


Sin embargo, curiosamente, no he dudado nunca de mi identidad terrícola: amo nuestro hermoso planeta, sin necesidad de contrastes: mi anhelada carrera de astronauta no ha visto nunca ni el más mínimo atisbo de realizabilidad, aunque si lo hubiera, no dudaría en tirar por la escotilla todo mi pánico a volar y me lanzaría allende el océano cósmico.

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