Otros centrismos



Hace unos días recordé con cierto efecto "ajá" una de las muchas peripecias que llenan mi álbum de recuerdos de mi breve pero intensa estancia en Rusia allá por el pleistoceno de 1995.


Fue entonces que fui a Moscú, para darle algo de fuerza a mi paso por el ruso, lamentablemente devorado por el danés, aunque de cuando en cuando sale a flote algún pedacito del bello idioma. Me quedaré con la revelación de la importancia de la diversidad lingüística, dada la capacidad de cada lengua de describir el mundo: el aparato cognitivo de cada idioma no sólo es intraducible: es irreemplazable. El ruso es lo más parecido a una malla hipergaussiana, capaz de pegarse a cada punto de curvatura del espacio, del tiempo, de los olores, con una precisión sin parangón en ninguno de los idiomas que conozco.


Pues bien, la noche en que llegué a Moscú, tras muchas peripecias, rulos en círculo por aquél laberinto que es la Universidad Lomonósov, la babushka (abuela, literalmente: mujeres mayores que, en realidad, son quienes manejan el cotarro) que me dio las llaves, se quedó con mi pasaporte y me hizo entender, ante mis airadas protestas, que al día siguiente me lo darían en la secretaría de la universidad.

Aquella misma noche, la babushka que controlaba el piso de la residencia de estudiantes, no contenta con haber interrumpido la espontánea a la par que pacífica fiesta que se había montado en el hall de la planta (vodka de contrabando adquirido en los cuarteles de los bomberos de la propia universidad, nada de música), llamó a la policía para que disolviera la aún más pacífica reunión que prorrogó la fiesta en el patio de la universidad. Sólo estábamos hablando, ni siquiera recuerdo que lo hiciéramos ruidosamente. Los polis rusos no se andan con chiquitas, y se liaron a tiros para acallar nuestro murmullo. Cuerpo a tierra, rápido.


Aquello hubiera debido darme una pista de que la osadía (de derecho ni hablamos) de secuestrar mi pasaporte, no sería cuestión de una noche, sino que, por el contrario, mis derechos civiles (?) estarían a merced de la voluntad del cuerpo de policía más atemorizador que he visto nunca (esos ojos de azul claro casi blanco clavándote la mirada no necesitan más) - hasta que no pusiera los pies en el avión que me llevó a casa un mes después.


Mi periplo al día siguiente fue uno de los episodios más funcionariosurrealistas de mi vida.

En mi convicción politocéntrica, en mi etnocentrismo político, mis derechos civiles, con su pasaporte, con la impepinabilidad del individuo, era algo inviolable. Ahora lo pienso y me doy cuenta de que había supuesto que mis derechos democráticos serían iguales por el mundo entero. Por eso de "soy ciudadana am... española" Pues no. Con esto no quiero ni sugerir que me parezca que los derechos de los ciudadanos sean relativos, de ninguna manera. Sólo que ha sido ahora que me he dado cuenta de que ni podía ver que aquello no fuera así para mí en cualquier lugar del mundo, en mi condición de ciudadanadeEstadodeDerecho.


Me personé en la secretaría con una convicción aplastante de que recuperaría mi pasaporte,

Ventanilla 1: - No, no, aquí no está. Vaya a la sección 5, allí delante.

Un cartel anunciaba: vuelvo en un momento. Que acabó siendo una hora y media, en la que una madre desesperada, logró contarme la trágica pérdida de su hijo en la guerra. Y cómo el estado pasaba de ella y no le daba nada de nada. Todo esto a grito pelao, porque en eso el ruso se parece mucho al español: no comprendo muy bien se entiende como se me ha olvidado el sonotone en casa. Pero lo cierto es que se me partía el corazón y mi ruso macarrónico apenas me dada para mostrarle un tercio de la empatía que le quería transmitir a aquella buena mujer.

- Uy no no no , tu pasaporte está en la sección 7.

Donde, por supuesto, tuve que esperar otro buen rato. Y donde, por supuesto, de pasaporte ni chufas. Estaba en la sección 1.

Allí fue donde rompí a llorar, agotada de tanta tomadura de pelo, pero allá, en la sección prístina de mi experiencia rusoburocrática, me devolvieron mi preciado no, amado pasaporte, no sé si por piedad o por la guasa de saber que mi ilusa recuperación tendría las horas contadas. Porque, efectivamente, mi profesor particular, que era de otra institución, el Instituto Pushkin, ya había oído la historia y me lo arrampló con muchas mejores formas: y efectivamente, no lo volví a ver, a mi querido libro de reconocimiento del individuo en el Estado de Derecho, hasta que no me fui de aquél fascinante país, del que albergo un torrente de recuerdos con los que podría aburriros durante un mes, porque por alguna razón, mi memoria guarda aquél viaje con una hipermnesia propia de Funes, el memorioso.


























El hall de la planta de la residencia

Carreras de fórmula 1 en el párking de la universidad

Hay que cambiar las tuberías de la universidad: las tiramos por la ventana. Aún recuerdo el olor a saliva. Y que nos dejaron sin agua caliente todo el mes. Fue el día antes de volverme que se produjo el milagro- todo el mundo salió al pasillo sincronizadamente a celebrar el acontecimiento.

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