Madurez intercultural


La supuesta última fase del proceso de aprendizaje y adaptación del migrante curtido es la de la madurez. Huelga decir que las fases son recurrentes y que el estadio de madurez es volátil.

Depués de un tiempo, aterriza el sosiego, el equilibrio aristotélico de la moderación de las rugosidades, donde uno no sólo aprende cosas jamás sospechadas de su propio país, y del neopaís, sino que, por encima de todo, aprende la inexistencia del paraíso. De aquí me quedo con esto, de aquí con esto otro. Y aprende, también, que lo que no nos gusta, a menudo va de la mano de algo que nos gusta y que no se puede quedar uno con una cara de la luna. Las dos vienen en el mismo pack indivisible: puedes romperlo, pero como los yougures, cuando llegues a caja no te van a dejar llevarte uno.

Por ejemplo, me gusta mucho de Dinamarca que nadie mete las narices en tus asuntos por lo general- no es costumbre cotillear, tampoco (sí: la sobremesa televisiva ¿de qué se rellena a falta de pOgramas para debatir escabrosos e interesantísimos detalles de la vida de unas personas de cuya existencia no tenemos constatación científica?).

Es aceptable, por ejemplo, encontrarte en el tren a un colega del trabajo con quien, sinceramente, no tienes ganas de hablar ni del tiempo, y no darle ni los buenos días. Y para tu inicial sorpresa, observas la profesionalidad en hacerse el longuis y la aprendes, claro, que las costumbres son altamente contagiosas.

Pero, ¡ay! esta distancia interpersonal o menor presión social también está ahí cuando uno no la quiere. Y a ratos se hacen duras las temperaturas neptunianas de las relaciones. Pero lo uno sin lo otro no va. Non funziona.

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