Urnocracia



Tenía en la recámara un post que ya publicaré cuando Trump no haya ganado las elecciones y no esté el mundo lo conmocionado que debe estar.

Trump, ese ser contrario a todos los principios que son objeto de tantos cándidos trabajos de alumnos de primaria.


He leído pánico, más que desprecio o complejo de superioridad de sapiencia política, aunque me cuentan que de eso también ha habido. Y lo he leído casi unánimemente: arriba, abajo, izquierda, derecha.

Por enésima vez en los últimos ¿2? años, los resultados de una consulta democrática han sido objeto del temor de una mayoría ajena (o no) a esa votación: el auge de los partidos ultraderechistas y xenófobos en Europa, Brexit, el referéndum colombiano, las elecciones en España, y la guinda magnificente de las elecciones de Estados Unidos.


¿Tontocracia? ¡Urnocracia!

La necesidad de una revisión del sistema se está centrando en la legitimidad de la soberanía del pueblo, cuando lo que se debe cuestionar es cómo se ejecuta esa soberanía. Y, de nuevo, poner al individuo en su marco contextual.


Sin duda, esta victoria pone la guinda a los desastres electorales de la década, que hacen que debamos cuestionar la validez de nuestro sistema.

Precisamente esta, la de cuestionar la soberanía del pueblo, es, a mi juicio, una de las consecuencias más graves del la victoria trump-osa: la idea reforzada de que como son tontos (ellos, siempre ellos), no saben lo que votan. Ergo, hay que limitar o borrar la participación del pueblo.

Este es un error que se deriva de la paupérrima visión de la democracia: se entiende la soberanía del pueblo como un mero y único acto de depósito del voto en la urna. La democracia es mucho más que meter un papelito en una caja de metacrilato- o peor aún, apretar un botón en una urna electrónica- que se resuelve como un campeonato de gimnasia artística, en algo tan frágil como un ejercicio de barra de un minuto de duración.

La democracia es la igualdad de oportunidades, por ejemplo. Para todo el mundo, no sólo para unos cuantos. Es la adhesión a la Carta de los Derechos Humanos. La democracia es preciar el bien común sobre el interés de un puñado de individuos. La democracia habita no sólo en las urnas una vez cada cuatro años, sino que habita en los trabajos, los colegios, los hogares. La idea de colectivos enteros fuera del sistema por pertenecer a un cierto grupo arbritario es incompatible con la idea de democracia.

En realidad esto no es el triunfo de una protesta antistablishment, es el triunfo de la idea de que lo privado funciona estupendamente, y que el Estado debe ser como una fábrica de coches. Y así, las campañas electorales son anuncios televisivos extensivos y excesivos y las vence quien dispone del acceso mayor y mejor (ya sea en forma de dóllares o de contactos) a la artillería mediática y a los más audaces asesores de márketing.


La educación ilustrada: saber e información

Además de esto, no debemos olvidar que la información no está al alcance de todo el mundo, y que, con un poco de esfuerzo, cualquiera puede alcanzar el conocimiento necesario para votar de forma coherente. Esto presupone una decisión racional del individuo educado, cultivado: esa radicalización de la idea ilustrada. Un individuo todopoderoso, y por tanto todoculpable cuando algo sale mal:

De una parte, hay que recordar que la información, máxime aquella que toque aun tangencialmente lo político, rara vez es inocente, neutral y accesible. De forma que no es que hayan muerto Voltaire o Diderot o cualquiera de los demás ilustres que pensaban inocentemente que era todo tan sencillo como dar educación al pueblo para hacerlo libre, pensante y racional, sino que aún están en estado de gestación. Conste que no es que piense que no esté bien darle de comer libros al pueblo -por el contrario, me parece elemental- pero me parece que con la factura de la biblioteca no hay suficiente. Que difundirla no es tan sencillo- entre otras cosas, porque no hay una verdad absoluta, sino muchos ángulos y muy complejos. Y que, por supuesto, los intereses desempeñan un papel muy importante en la divulgación de la información e incluso del saber.



La decisión

Por si esto fuera poco, la información no es lo único que determina la decisión. De otro modo, nadie fumaría, por ejemplo.

Tomamos una decisión, que justificamos racionalmente a posteriori- no nos basamos en argumentos para después tomar una decisión racional. Por ejemplo, cuando algo nos incomoda, se produce una molesta disonancia cognitiva, que resolvemos armando un batiburrillo de razones que justifiquen la opción que nos conviene. Por ejemplo, para continuar fumando. Esto mismo es aplicable a las decisiones electorales o, incluso, a las decididamente antielectorales.

Como cuando se vota no se puede decir a unos puntos de programa (o lo que fuere que llevaba bajo el sobaco este individuo de tupé cerebral), uno podría pensar que la gente ha votado el todo por aquellas partes que le convenían- y así, ha justificado las barbaries a las que va a someter al planeta en pro de algunos puntos de conveniencia o convicción personal.


También tenemos una tendencia a buscar confirmación de algo que ya teníamos en mente, o más bien, en corazón. Así, buscamos fuentes que sabemos que van a confirmar lo que ya percibíamos, hablamos con personas que sabemos que no van a rebatir nuestros argumentos, etc. La entrada de la wikipedia sobre el sesgo de confirmación es bastante amplia.

Huelga decir que esto no es siempre así, que todo el mundo cree o hace un esfuerzo por evitarlo- pero lo cierto es que la mente humana es altamente ahorrativa- vaga, rematadamente vaga.


En mi humilde opinión, lo que ha ocurrido es que la decadencia del sistema de ejecución democrática ha tocado fondo: que tanto USA como otros países tienen ya que despertar y cambiar unos procesos y procedimientos obsoletos, que fueron diseñados y regulados en tiempos demasiado lejanos- por ejemplo, el otro día oí a un experto hablar de porqué la campaña electoral es tan sumamente larga en USA: porque fue diseñada cuando los candidatos tenían que recorrer el vasto país en diligencia. Por ejemplo, el hecho de que los partidos se financien desde manos privadas.

Pero al mismo tiempo, la idea de un estado-empresa ha sido llevada a su extremo. Y es de la idealización del mundo privado frente a la gestión pública (como si fueran mundos paralelos, como si los fenómenos que se dan en uno no pudiesen darse en el otro, como si estuviesen habitados por especies distintas) de lo que surge este engendro aspirante a proyecto político. Eso está íntimamente relacionado con la idea del individuo todopoderoso que se hace a sí mismo sin ayuda de nadie. El sueño, la pesadilla.


Me repetiré: el hecho de que haya sido elegido en las urnas, no significa que sea democrático. No puede ser democrática una propuesta de discriminación de un colectivo por el mero hecho de pertenecer a ese grupo arbitrario, aún más cuando la pertenencia a tal grupo es tan insoslayable como el color de piel. El alguien, Donaldo, no sólo propone, sino que lo ejecuta de facto, por ejemplo, no contratando o despidiento a los trabajadores de piel negra. Este tema ya lo hemos dado, y con consecuencias desastrosas, las que se ciernen sobre nuestro oscurérrimo horizonte.


El discurso. Y sus consecuencias

Ahora podría decirse que quienes se apuntan al carro del discurso de alta digestibilidad, el xenófobo (o directamente racista en el caso de Trump), no hacen más que recoger el sentir popular, como si fuesen aspiradores del pensamiento colectivo. Pero esto no es necesariamente así: el político crea discurso. Y lo legitima. No hay más que ver las consecuencias que ha tenido el Brexit, tanto para quienes están directamente afectados (como residentes extranjeros en el Reino Unido, o como británicos residentes en otros lugares de Europa) como en la legitimación de un discurso en otros países europeos. Miren, si no, lo poco que ha tardado Marie Le Pen en aplaudir con las orejas la victoria de Donald. Y los demás. O cómo se están echando a la calle, sin capuchas, los miembros del KKK.

Y es que a él le basta con hablar. Con eso es suficiente para hacer un daño irreparable al planeta- y no sólo en su país, sino en el resto del planeta. A nosotros, nómadas terrícolas, nos toca por desgracia cargar con las serias consecuencias de las gracias de este señor. Porque sus afirmaciones se nos cuelan en casa como los fantasmas de Poltergeist. Igualito. En mi humilde opinión, el resultado de estas elecciones pone de manifiesto la necesidad de incluír la antropología como materia de educación primaria- cierto, esto, como he dicho arriba al hilo de la información y la toma de decisiones, no es suficiente de por sí, pero es un primer paso absolutamentenecesario. Hacer conscientes a las personas de la arbitrariedad de las divisiones de los grupos humanos, con sus realidades y sus maravillas, pero siempre desde un relativismo cultural (que no ético) y con una vocación inclusivista.


Lo que está claro es que este va a ser un punto de inflexión. Que nada será ya nunca lo mismo. Que a buen seguro va a ser un momento de reflexiones múltiples sobre qué narices estamos haciendo desde un tiempo a esta parte, del absurdo del devenir que hemos elegido o han elegido para la humanidad- y eso es positivo. Lo malo no es pensar. Lo malo es que todo esto no va a ocurrir sin mucho dolor. Como ya veníamos pensando de lejos.

Hay que tener miedo, pero también valentía. Y mucho vino, que dijo Elena.












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