Ah, la humanidad



Había pensado escribir cosas horribles de los humanos. Las hacemos. Muchas y muchas veces.

Lo dejaré para la semana próxima, y mientras recordaré que del hecho de que seamos capaces de tales o cuales inmundicias, no se deduce de forma impepinable que los humanos seamos todos deplorables y del todo deplorables.

La complejidad de la humanidad no sólo reside en las diferencias entre sus individuos- afortunadamente, los hay de muchos colores y tamaños. Reside también en nuestra complejidad interna: en las múltiples facetas que un mismo individuo puede presentar.

Y por si esto fuera poco, las capacidades como especie son, también afortunadamente, altamente heterogéneas y complejas. A mí, en particular, me parece que nuestra especie se merece una ola por capacidades como el arte, la literatura... y en este momento particular paso por una veneración casi religiosa por los astrofísicos y los ingenieros espaciales que han sido capaces de poner en marcha proyectos que han alcanzado los confines del universo o que han logrado detectar ondas gravitacionales.

O que hayamos sido capaces de aterrizar en un cometa y de analizar sus suelos y descubrir, así, que la chispa de la vida en la tierra la trajo un cometa (y, por tanto, este mismo fenómeno habrá ocurrido en otros planetas favorables).

Que unos seres pequeñajos- en todos los sentidos- como nosotros seamos capaces de abarcar el universo es algo admirable.


Una lástima que, en el otro lado de la escala de maravillosidad humana, esté el pésimo diseño de la distribución de nuestros recursos globales: una minúscula minoría se dedica a responder las grandes preguntas que, además, llegado el momento, podrían salvar la especie, dado que el colapso de sistema solar es inevitable (ya, lo sé: falta mucho para eso, pero si seguimos por este camino, moriremos con una montaña de chatarra textil mientras el sol se chamusca con nosotros). Y mientras, una gran proporción de los habitantes planetarios se dedica a producir basura terráquea (en forma de camisetas y otros objetos de usar y tirar, informes sobre informes sobre informes o canciones tremendas: ya sé, ya sé que ni todo el mundo quiere ni todo el mundo puede dedicarse a buscar la energía oscura; además pienso en el fondo de mi corazón que es tan digno quien mira por un telescopio como quien limpia sus lentes o le hace las camisas al astrónomo que lo utiliza: no es eso. Lo triste es que la cosa se nos ha ido de las manos y parece que es más importante poder comprarse una camiseta todas las semanas que hacer un mapa térmico del Universo. Y eso sí que no. Cómo nos tiramos por la vereda de las camisetas de 1 euro en lugar de tirarnos por la vereda de los telescopios es otra cuestión.

Pero ni esta circunstancia es capaz de empequeñecer la grandeza de la humanidad, que ha logrado mirarle la sombra al señor Universo. Cuando queremos somos fascinantes. De verdad.

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