La persona y su contradicción



¿Es posible ser contradictorio o incoherente con uno mismo?

Primero habría que definir los confines de la incoherencia o la contradicción, pero creo que es mejor empezar por preguntarse si la idea de la mera posibilidad de que esto ocurra no tiene algo que ver con una concepción hiperholística de la esencia humana, dotada de una homogeneidad impoluta. La idea de persona fuera del tiempo, del espacio y del contexto.

Si decidiéramos quedarnos en esta idea de la persona, siempre podríamos recurrir a enviar las contradicciones a la ventanilla de las paradojas, mucho más llevadera porque no produce esa incomodidad cognitiva que supone aceptar el caos, donde se ordenarían las (ahora ya aparentes) contradicciones al hallar una claudicante lógica interna. Y todos tan contentos.

Hay un par de consideraciones si nos mantenemos en que no hay contradicción: una, la capacidad que tenemos de agarrarnos a cuaquier argumento con tal de justificar la coherencia interna de nuestro comportamiento- algo que se conoce como disonancia cognitiva. Por ejemplo, quien quiere seguir fumando a pesar de conocer los efectos perjudiciales sobre la salud, utilizará todo tipo de argumentos que acoracen la apariencia de coherencia con esta decisión: a mí no me va a tocar, yo lo tengo controlado y lo dejo cuando quiero, etc.

La segunda consideración es que hacemos malabarismos mil para comportarnos como creemos que se tiene que comportar alguien de nuestras características. El malo de la clase se hace (mucho) más que nace: a fuerza de oír eres malo de la clase. Esto tiene sus implicaciones negativas, en especial cuando se trata de estigmas de un colectivo.


Pero también podemos optar por retar esta idea de la persona sólida, sin grumos ni matices, sin contradicciones y aceptar que estas forman parte del ser humano, si entendemos la persona como inserta en su contexto, en su espacio, su tiempo.

Con respecto al contexto, una aportación interesantísima a este modo de mirar al ser humano, es la de Ervin Goffman: a saber, el contexto en cuanto a los interlocutores. Su visión dramatúrgica, en términos muy simplificados, dice que nos comportamos de una u otra manera en función de nuestro público- en cada momento. No actuamos igual ante un niño desconocido que ante el nuestro, y menos aún que ante el director de su colegio- a menos que estemos de atar, que de todo hay- pero ese camaleonear se llama en castellano saber estar y no constituye, en absoluto, una hipocresía atroz.


La pregunta (metafísica) aquí es si es nuestro comportamiento lo que nos define o si hay algo más profundo que conforma nuestra esencia. Como no soy psicóloga, no puedo más que hacerme estas preguntas de filósofa y antropóloga: entonces ¿cuál es nuestra esencia? Y me acuerdo del ejemplo de la cera de la vela de Descartes: la cera ¿sigue siendo la misma después de derretirse y haber perdido toda su forma? ¿habrá unas características generales que nos den la mismidad y hagan que no seamos otros? ¿somos, de hecho, otros?

Podríamos recurrir a nuestro cuerpo para sostener nuestra identidad, pero este amarillea, se regenera, muta que es un gusto.

¿Y los valores, las creencias, la forma en la que proyectamos estas en nuestras relaciones? ... por fortuna, con el paso del tiempo mudamos cual piel de serpiente valores, creencias y sus proyecciones en nuestras relaciones con el mundo y los demás. No creo conocer a nadie tan opaco al conocimiento que da la experiencia.

Y por último el espacio: ese convidado de piedra en la mesa vital del migrante. Bueno, o quizá no tan de piedra. Porque al movimiento geográfico le sigue la exposición intercultural, con su consecuente aprendizaje. La mutación que sufre la identidad migrante sufre una aceleración superior a la de quien camina con el cambio de su contexto, con quien se queda y evoluciona a la vez que su mundo.


De forma que la persona sufre muchos cambios no sólo a lo largo de su vida (porque envenjece, aprende) , sino incluso de su día (porque actúa en muchos escenarios muy diferentes). Así que me gustaría representar a la persona como un haz de muchos comportamientos, valores, actitudes, formas de actuar. Múltiples, complejísimos, en constante variación que quizá guarden una cierta correlación, una coherencia si abstraemos lo suficiente, pero no tiene por qué ser así tampoco. El haz de tan diferentes componentes de nuestra mismidad es polifacético. Este aspecto camaleónico es uno de nuestros tesoros.


En resumen, tenemos dos posibilidades: pensar la persona como un ente coherente, homogéneo, estático. O bien como un ente orgánico, dinámico, que se hace al interaccionar con su entorno, y que es, además, compleja y por tanto, mantener una vida sin incoherencias, sin contradicciones no sólo es imposible sino que sería un error: nos quedaríamos con unas doxas y unos habitus pudriéndose en nuestra cabezonería.


Ahora mi siguiente pregunta es: ¿se puede ser un intolerante con la intolerancia?


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