Tecnología, espacio y humanidad


El cruce de caminos entre este programa de radio y esta instalación de la artista rumana Paula Onet, me sugieren una reflexión acerca de la relación entre la tecnología y la humanidad (esencia humana) o más concretamente, sobre cómo miramos (con recelo) esta relación: la tecnología es, a menudo, vista como un agente deshumanizador. Yo creo que la pregunta, en verdad, es: ¿qué y cómo debe ser la humanidad?; al mismo tiempo, esta pregunta sobre la relación entre la tecnología y el ser humano es especialmente pertinente y relevante para nosotros, los migrantes, en tanto que personas transnacionales, fuera de los marcos tradicionales de espacio (y así, tiempo) y que necesitamos de la tecnología para desafiar la distancia, el espacio y el tiempo tradicionales.


¿Inhabilita la tecnología nuestra naturaleza?


El programa de Radio 3 Scienza comenta el artículo aparecido en Nature sobre el efecto del uso de GPS sobre las capacidades cognitivas de orientación espacial. El artículo dice (aun con matices) que no debemos dejar de usar nuestro sistema de navegación incorporado (en el cerebro) porque su desuso continuado podría provocar que dejáramos de tener ese sentido innato de la orientación. Esto, sugiere el artículo, podría tener efectos colaterales, puesto que la orientación espacial está asociada a otras importantes habilidades cognitivas: de hecho la desorientación es uno de los síntomas de demencia.


En el programa mencionado, el profesor Giuseppe Iaria habla de nuestra neuroplasticidad: las células de nuestro cerebro destinadas a una actividad (como por ejemplo, la orientación espacial) se reorganizan para dedicarse a otros empeños tras un cierto desuso (como cuando lo dejamos todo en manos del GPS).

Pero argumenta que, por un lado, no tiene que porqué haber una relación causal directa entre la pérdida de orientación espacial y la demencia; y por otro lado, el sistema de navegación innato con el que nacemos no es ni de lejos igual en todas las personas, los hay que se orientan mejor que otros, sin que ello repercuta en otras habilidades cognitivas de los sujetos con escaso sentido de las coordenadas. El uso del GPS en estos casos sería totalmente relevante por ser de gran ayuda. (Uno supondría que además, esa plasticidad neuronal permitiría que, con un poco de práctica, uno retomara sus habilidades espaciales, si las tuvo; pero esto es una aventuración mía, sin absolutamente ningún fundamento científico).

En resumen: el panorama de un planeta repleto de desorientados gagás gracias al uso exclusivo del GPS tecnológico, no es una amenaza del todo real.


¿Nos despoja la tecnología de nuestra naturaleza?


Por otra parte, la instalación de Paula Onet (un diálogo mudo a través de Skype, donde personas del mundo entero se conectaron para mirarse simultáneamente) reta la idea de que la tecnología aleja a la gente- un mensaje que, irónicamente, llena las redes sociales virtuales en forma de memes, videos, etc. Hablen de verdad y dejen de mirar el móvil, nos dicen desde la pantalla del móvil mismo.

Aun cuando puede ser chocante y aún estemos aprendiendo a usar estas nuevas formas de relacionarnos, el contacto virtual no tiene por qué ser de categoría inferior o menos real que el contacto físico, ese que permite el traspaso de gérmenes. Ocurren, simplemente, en un escenario distinto del que entendemos como natural. Cumplen otro propósito, funcionan de otra manera, y no son adecuados para todas las formas de contacto interhumano, pero hay que tener presente que no las sustituyen, las complementan.

Cierto: el cariñito se da mejor con intercambio de gérmenes, aunque sea un cariñito amistoso en ese agarrar las manos prietas de una hermana o donde los gérmenes se quedan en las mejillas cuando besas a un amigo. Pero cierto también: Aunque por supuesto que estoy deseando darles un abrazo de ocho minutos, y ver cómo se les tuerce la ceja cuando empiezo con mis rollos y oir su risa y oler su pelo, me encanta poder comunicarme instantáneamente con mi hermana y mi hermano cuyas mejillas están a 1883,2 y 7495,3 kilómetros de distancia de mis besos.

Hasta que nos acostumbremos a desarrollar empatía hacia las pantallas de ordenador (las de cine ya las tenemos controladas), esas nuevas formas de relacionarnos serán difíciles de entender y articular, porque transcurren fuera de ese espacio clásico, algo a lo que estamos acostumbrados los migrantes. El espacio transnacional en el que vivimos, desafía el espacio veijuno a muchos niveles: con las redes sociales, los kilómetros que nos separan de otras personas, o incluso de las noticias, se minimizan o se apaciguan; pero también, ponen en entredicho el viejo concepto de ciudadano con derechos anclados, clavados, grapados a la presencia en un suelo concreto. Por no hablar de la identidad cultural: somos aún de allí aunque no respiremos el aire que hay dentro de las fronteras de nuestra tierra.

Ese marco virtual no nos hace menos humanos. Nos humaniza de otra manera.


La reticencia hacia la tecnología como agente humanizador tiene su origen, quizá, en la idealización (sobre premisas falsas) de la naturalidad, de una esencia humana lejos del artificio ingenieril. Pero la tecnología es, ni más ni menos, cultura. Y es precisamente la cultura lo que nos diferencia (al menos en términos de grado) de otros animales.





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