Relativismo


Inuit, 1929, foto de Edward S. Curtis

Hace muchos años, cuando apenas había terminado de aprobar las asignaturas de la carrera, en un encuentro de antropólogos me preguntaron: y tú, ¿qué antropólogo serías? me atraganté y dije una tontería que aún hoy se aparece en mis pesadillas diurnas. Tendría que haber dicho que si yo pudiera elegir, sería, sin duda ninguna, Franz Boas, el gran Franz Boas, que no sólo fue un intrépido explorador del ártico y autor de una etnografía apasionante sobre los habitantes de los hielos, sino que fue, además, el impulsor del relativismo cultural, un posicionamiento esencial e imprescindible en la disciplina antropológica, antídoto contra la etnocentritis (a veces aguda, que causa tantísimos estragos mundiales), un antídoto del que debiera beber cualquiera que se precie de ser biculturado.


¿Qué significa el relativismo cultural?

Internet está tan sembrado de falsedades y confusiones sobre el relativismo cultural como de mentiras sobre medicinas milagrosas o dietas que te arrancan diez kilos en una semana. Incluso la entrada de wikipedia es un desastre.


Así que empezaré por desmentir estas trolillas desde lo que NO es el relativismo cultural: no es ninguna suerte de relativismo ético. Es más: es todo lo contrario, es la expresión máxima del Imperativo Categórico (que, para quienes no lo recuerden, en versión ultrathin viene a decir algo así como no le hagas al prójimo lo que no te gustaría que te hicieran a ti, o más aún: lo que no te gustaría que le hicieran a ningún ser humano).


Por el contrario, el relativismo cultural SÍ reclama igual validez para todas las culturas (con sus personas). Es un canto a la empatía, a ponerse en el lugar del otro de manera superlativa. Es una petición de tolerancia y respeto en grado cósmico.

El gran Boas sentó las bases de una de las cuestiones fundamentales de la antropología: el repudio de la dominación de unos pueblos por parte de otros.

Para poner en igualdad de condiciones todas las culturas, la antropología toma un punto de vista neutral, y describe otras culturas desde su contexto, sin que ello implique necesariamente la justificación de unas u otras prácticas.

Para entender una escena, un valor, un acontecimiento, lo que fuere, es necesario disponer de cierta información sobre lo que está ocurriendo: entender el contexto en el que ocurre.

En cierta ocasión presencié cómo una persona atacaba verbalmente a otra. No recuerdo exactamente las palabras, pero sí que la víctima se entristeció sobremanera. Mi primera reacción mental fue un pensamiento del tipo: ¡Qué mala!

Si digo que estas personas eran niñas de 6 años, la escena cambia. Si añado que el padre de la agresora se encontraba en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte, directamente me trago mis palabras, la ¡Qué mala! soy yo.

Ciertamente, decir aquellas palabras hirientes no estuvo bien, pero entender el contexto en que se produjeron ayudó a resolver la situación y a construir un puente interpersonal que se tradujo en una bella amistad entre las dos niñas. El padre, por cierto, sobrevivió aquel sobresalto.


Además de disponer de la información contextual, es necesario algo fundamental: la disposición, la receptividad para entenderla.

La gran dificultad de este ejercicio de comprensión es que contamos con un haz de valores que hemos aprendido e interiorizado como si fuesen incuestionables, inamovibles, ineludibles. Y por tanto, aplicamos este rasero para medir todos los universos.

Un ejemplo de etnocentrismo ( ese medir todo desde nuestra perspectiva) puede encontrarse en el relato de Levi-Strauss sobre el encuentro de los españoles y los antillanos: cuando al fin consiguieron comunicarse; los españoles dudaban de si los antillanos eran o no humanos, sin ropas, seres tan extraños. Para comprobar si lo eran les hicieron unas preguntas: quién era el creador, quiénes fueron el primer hombre y la primera mujer... puesto que no contestaron correctamente, los españoles concluyeron que aquellos seres no eran personas. De la misma manera, los antillanos dudaban de si aquellos seres de pelo en rostro, armaduras de metal y que se ahogaban con tanta facilidad eran hombres. Quien tuvo la oportunidad de dominar, lo hizo, con trágicas consecuencias para los dominados, que, dado que no eran personas, fueron objeto de las más crueles prácticas. Esto, aun en formas y grados muy diferentes, sigue ocurriendo en las más vergonzosas faces de nuestro planeta.

Mover los gruesos pilares de nuestros valores fundamentales es molesto, porque se trata de derruir a bocados columnas de la más dura piedra. Y eso duele en los dientes. Y sin embargo, salir de esta zona de confort, es, creo yo, un deber humano; no querer comprender al otro, mofarse, ridiculizar, negar al otro (algo que puede tomar muchas formas, por ejemplo, al tildar de tonterías preceptos de esta o aquella religión o incluso de este o aquél ateísmo) es un ejercicio de poder, de arrogancia y un posicionamiento de superioridad que atenta contra el imperativo categórico.



En nuestro mundo (globalizado) el contacto entre culturas es inevitable. El escenario de dominación se recrudece, además, por algunos derroteros de lo más poco deseables. Y no sólo es trágico, es que el escenario de incomunicación intercultural es verdaderamente un desperdicio cósmico. La humanidad desaprovecha la oportunidad que se nos brinda de construir un enriquecedor entramado intercultural (donde las culturas dialogan entre sí, donde prevalecen las dinámicas de inclusión), y en cambio elige o se deja llevar por un empobrecedor mapa multicultural, donde las culturas se limitan a coexistir en burbujas de fronteras impermeables, basadas en dinámicas de exclusión y de dominación.


Por esto, precisamente, la práctica del relativismo cultural, es un ejercicio necesario para quien transita entre distintos escenarios culturales, el migrante, que ve sus pilares pétreos constantemente retados y cuestionados en forma de diferentes costumbres y valores. De no ponerse en el lugar de "los otros" que son sus neocompatriotas, de no intentar entender lo que se esconde tras el decorado de las costumbres y maneras de obrar, la vida en su neopaís se convertirá en una tortura cotidiana. Porque no hay nada más molesto que estar rodeado de malos, de gente que no sabe hacer las cosas. Sobre nosotros pesa la responsabilidad de empezar a tejer un entramado de tolerancia y de intercambio cultural.

Lo mejor que se puede uno llevar en la maleta, es, como dije, el interés por los otros, la curiosidad sincera. Sin curiosidad no hay ciencia, como tampoco hay poesía. Sin curiosidad *nuestro planeta es un* grande rollazo.






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