Las palabras son más que palabras


Gracias a mi gran amiga y antropóloga Marie, me he topado con uno de esos grandes descubrimientos, de los que no te encienden la bombillita sino la mismísima Sirio.

Han tenido que pasar 15 años para que haya sabido que la razón de mi desubicación identitaria relacionada con las palabras no se debía únicamente a la circunstancia de no usar mi lengua; había perdido, por ejemplo, mis conocimientos de botánica, entre otros; un buen mazazo a mi pedantismo intrínseco al ver enjuagados los vocablos que adornaban mi ser, que eran mi ser. De pronto era la mitad de mí misma- ¡si no menos!

Todos estos años he pensado que este adelgazamiento identitario se debía a una mezcla de falta de pericia en los idiomas que uso aquí y de ausencia de algún que otro registro; cuánto echo de menos el subjuntivo en algunas conversaciones.

Creía, en definitiva, que se trataba de una cuestión de etnolingüística. Not. Not only:

Leo en las páginas de la etnografía de Marie que, como otras culturas mediterráneas, la española es altamente verbal: hablamos mucho: conversar, filosofar, improvisar debates... son cosas muy nuestras.

Y no sólo eso: no se trata de poder darle su nombre a cada árbol, sino de hacer florituras con las palabras, sacarles punta, hacerlas trizas, para luego recomponerlas en nuestras conversaciones.

Una jefa que tuve me regañaba mucho por la longitud de mis emails; de hecho, me envió a algún curso de comunicación cuya única misión era adelgazar el discurso de los aprendices del estilo directo. A mí aquello me pareció una violación a mis principios. Ahora comprendo por qué.

Que vivan las palabras.

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