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La moneda

Todos los días, de camino a la estación, veía la misma moneda de cinco coronas en la calle (son algo menos de un euro: aunque no dan para casi nada por estos lares).

Durante un par de días celebré con ilusión y hasta orgullo la bella costumbre de mis neocompatriotas de no tomar prestado aquello que no es suyo; en invierno, por ejemplo, los árboles se convierten en improvisados frutales de guantes, bufandas, jerséis… y los postes y las vallas se convierten en oficinas ambulantes de objetos perdidos.

Ahora ya me he acostumbrado, pero al principio me maravilla ver cómo la gente dejaba tranquilamente carritos de bebés (con o sin inquilino) en las puertas de los restaurantes o los comercios. ¡Y nadie se los robaba!

Las bicis son otro cantar; además de las bandas organizadas que roban bicis en masa para revenderlas en otros mercados, es casi deporte nacional “tomar prestada” alguna bici para volver a casa de marcha.

Pero en general, lo ajeno no se toma prestado. Recuerdo que en cierta ocasión, la policía había hecho público, con orgullo, la cantidad de móviles y carteras que habían sido devueltas a sus dependencias durante la celebración de un festival de música. Podéis leer la noticia aquí (usa google translate)

Otro ejemplo más: en mi vecindario, cada verano un vecino incógnito vende las verduras de su huerto en la esquina de la calle: pone una mesita con sus calabacines, tomates… un paraguas para que no les de el sol o no se mojen si llueve y un botecito para las monedas.

Le irá bien, porque repite año tras año: nadie se lleva ni las verduras ni el paraguas ni la mesa ni las monedas. Como la famosa moneda de la calle.

Estaba pegada con superglue- eso lo supe meses después, cuando a alguien se le agotó la paciencia y decidió emplear la fuerza para arrancarla del suelo dejando visible el cerco del pegamento- quizá fueron los propios niños que, imagino, la habían bromísticamente la habían pegado.

Pero a mí me dio igual: durante las veces que pasé por delante, me sirvió para confiar en nuestra especie.

Ahora voy a recitar tus pensamientos:

Uf, si en España dejas cualquier cosa en la calle, te puedes llevar el cronómetro para ver cuántos segundos tarda en desaparecer.

O: si dejas un carrito en la calle en España, con o sin niño, dura allí cinco minutos y con suerte te sacan al niño y lo dejan sentado en la calle.

(O también: pues qué tontos)

O: si es que claro, allí son civilizados, no como aquí.

Y ya me regañaron una vez por decir algo parecido a la primera frase. Menos mal que tengo buenas amigas que me abren los ojos y me dan contraejemplos que refutan mis propios estereotipos.

En realidad no hay países más civilizados que otros. Porque los países están llenos de individuos, unos civilizados y otros no, además: ¿qué es ser civilizado? … Porque hay un espectro muy grande de las costumbres que se toman por civilizadas: cuando te encuentras algo, cuando te encuentras a alguien, cuando hablas, cuando estás en la cola de supermercadao... ya me gustaría ver vuestras caras cuando vierais las dinámicas de las colas del supermercado en Dinamarca. Y nada de: aquí también pasa, que las he visto en los dos países.

De forma que puede ser costumbre devolver las cosas de los demás a sus legítimos dueños, pero también de saltarse la cola del supermercado. Creo que parte de la idea que tenemos en España de que en el Norte (así, a bocajarro) son civilizados viene del tono de voz, que eso de hablar bajito te hace parecer muy educado. Ya sé que hay más cosas. Por ejemplo, su sentido democrático, y el sistema que lo sujeta. A años luz del nuestro.

Sigo: el caso es que poco tiempo después de haber dicho esto de: en España dejas algo en la calle te dura microsegundos, lei en un periódico algo sobre un experimento donde Madrid quedaba como la ciudad donde los sujetos de tal experimento se habían comportado más ejemplarmente. Claro que esto no es una referencia científica en absoluto: para empezar no recuerdo la referencia. Y de hecho las hay contrarias Para seguir estos experimentos son de escasa validez científica: por un lado, la muestra (el número de sujetos que intervienen) es muy pequeña y casi con toda seguridad sesgada, de forma que no es representativa estadísticamente. 12 personas no son representativas de una población de 5 millones. Y al mismo tiempo, los experimentos de este tipo, carecen de la profundidad que da el trabajo cualitativo, que busca razones, y explica las claves en un contexto basándose en la experiencia con los actores, con los sujetos y una documentación exhaustiva que apoye, confirme o refute las hipótesis del investigador.

Volvamos a la moneda:

La cuestión más importante es el efecto negativo del estereotipo negativo o estigma. En este caso, intragrupo: pensamos de nosotros mismos que somos abominables.

Por supuesto con esto no quiero decir que no se de la corrupción en España, en especial en ciertas esferas. Pero antes de plantar la etiqueta las personas, es necesario tomar en consideración unos detalles:

Una cosa son las prácticas o costumbres (y su contexto) y otra bien diferente, las personalidades de los individuos. Chorizos,chorizacos y choricillos los hay en todas partes (hasta en Dinamarca), lo mismo que hay honrados, honradacos y honradillos en todas partes (hasta en España).

Si de lo que se trata es de generalizar, es necesario analizar el contexto histórico y cultural en el que se desarrolla tan costumbre; En España, por ejemplo, hay unas cuestiones estructurales que hacen que, por ejemplo, los mecanismos de control de la corrupción sean ausentes o irrisorios. Acabamos de ver como el partido en el gobierno, con tantas acusaciones de corrupción a las espaldas, ha aprobado la prescripción de los delitos de corrupción a los 5 años (y no a los 15 como establecía la ley hasta que ellos mismos la cambiaron).*

La separación de poderes brilla por su ausencia. Partiendo de esto, las esperanzas son escasas. Máxime cuando las personas de mayor influencia, no sólo en cuanto a la toma de decisiones, sino en cuanto a que modelos a seguir, obran de manera más que dudosa.

Aquí, desde luego, cabe argumentar que en unos lugares se obra de forma más civilizada- existe un marco en el que, por mucho que haya choricillos o chorizacos, el propio sistema interpone las medidas para neutralizarlos.

Hace apenas una semana se supo que un ministro del actual gobierno danés había usado dinero público para pagar a su asesor (spin doctor). Y por más que lo ha negado, la investigación ha continuado hasta verificarse que había sido así y el susodicho ha dimitido.

Otra cuestión es la desigual repartición de los recursos, algo que en determinadas constelaciones, se convierte en factor de criminalidad. No a todo el mundo le llega un trozo del pastel-mientras otros están regordos de tantos trozos que les han tocado. Y así, el concepto de propiedad ajena, digamos, se vuelve relativamente fluido.

La discusión no es leve, ni tan sencilla, obviamente, pero es un factor a tener en cuenta.

Y por último, vuelvo a la cuestión del estereotipo, del estigma: si no podemos decir que la gente en tal país es honrada o corrupta, pero al mismo tiempo vemos ejemplos donde, ante un evento lejanamente similar, el tratamiento es tan diferente: ¿qué podemos decir?

Lo primero es que no es que seamos corruptos, es lo malo del estigma: que uno se lo cree y actúa en consecuencia. Así que actuamos de forma corrupta porque creemos ser corruptos.

Lo que importa es lo que es sancionable, no sólo porque el sistema lo sanciona sino porque no está bien visto.

Pero para que las cosas sean sancionables, el primer paso es librarnos de ese auto estigma que nos aplicamos, es necesario derribar esa idea de que en España no somos capaces de ser honestos, porque lo llevamos… ¿en los genes? (oh really????), lo llevamos en la cultura (la picaresca, esa que alguien describió tan bien hace ya unas centurias) – sí, pero la cultura no es algo estático: las culturas no se perpetúan de forma idéntica de generación en generación, mutan, igual que los individuos de las especies.

Y así, cuando dejemos de creernos que no podemos dejar la moneda estar en el suelo, sabremos que somos capaces de crear los mecanismos de control para que los ladrones no sean los que redacten las leyes de sanción del robo.

*https://www.boe.es/boe/dias/2015/10/06/pdfs/BOE-A-2015-10727.pdf Sección I, Disposición Final Primera, Página 90276

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