¿Fases?

​​ Mucho he oído hablar de las famosas fases de adaptación por las que supuestamente pasa el migrante en su neotierra.

La fase I: el enamoramiento ciego del principio, donde todo es maravilloso; la fase II: el odio feroz que traen las primeras nieves o los primeros golpes (a cargo de personas, empresas, instituciones, acontecimientos...) donde comienzan a crecerles hojas negras a aquellas semillas de los estereotipos que llevamos guardadas en la maleta de la vida- estereotipos de nuestros neocompatriotas, pero también sobre nosotros mismos y empiezan a salir, como esos pañuelos de colores que les salen a los magos de la boca, casi de forma involuntaria, aquellas palabras de "es que ellos son" o "es que nosotros somos" ;

y por último, la anhelada fase III, la de la madurez, donde uno aprende a apreciar las bondades de ambas culturas, y a tolerar (que no a amar, ni siquiera a gustar de) las no-bondades de ambas también.

Y una vez alcanzada esta madurez, uno ya puede tumbarse a la bartola y disfrutar de los privilegios de la politerricolidad... no, hamijos, eso no es así: los ciclos no dejan de repetirse en el más caprichoso de los órdenes y en la más imprevisible de las frecuencias. Uno puede llegar, incluso, a pasar por las tres fases en un mismo día.

Sin ir más lejos, yo, después de 15 años, estoy atravesando la más negra de las fases II, y no la han traído las nieves, que apenas han alcanzado a marcharse de puntillas en este no-verano que nos ha deparado un sol ausente (y del que me he servido generosamente en territorio ibérico) - aunque a buen seguro algo ha tenido que ver- pero más bien a las nieves más aciagas de un sentir democrático que cree que por el hecho de representar, por apenas unas horas en una caja de cristal, una ilusión de mayoría, que nisiquiera alcanza a ser eso- se creen que todo es votable, incluso lo que no lo es, lo que está por encima, muy por encima, de mayorías ficticias de caja de cristal, como la Convención de los Derechos Humanos. Y en ese sentir de un pueblo, que afortunadamente no es mayoría más que ficticia, a mí se me rompen los lazos de pertenencia y me pongo en Fase II aguda. Fasitis dositis aguda.

De aquí a 4 años se me pasa, seguro.

Y entre medias, circulo con mayor o menor comodidad y ligereza por las Fases I y III, en el mismo día y por tonterías tan grandes como que en tu pueblo hacen una colecta para llevar a esos trenes que no dejan pasar. Sí, claro, los acontecimientos, como las elecciones, no son un país. Pero inevitablemente, el ganador y sus acciones son su representación, y tienen por tanto una enome influencia en el sentimiento de pertenencia- algo que me es negado por ese partido a gritos en el oído. Sé que hay otros muchos que no lo creen así, y que ellos son también mi neopaís. Y que podría arrejuntarme con ellos en la desaprobación, sin tener que salirme... ya véis, estoy de camino a la fase III; una fase detrás de la otra, sin orden ni concierto, para nuestro desconcierto, para siempre jamás.

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