NO. Historias de incomunicación cultural en el aeropuerto

Brújula
Hace muchos años, cuando trabajaba como apagafuegos en el aeropuerto, me tocó atender un vuelo en el que un grupo de japoneneses se quedaron en tierra por overbooking.

Los pasajeros iban a Amsterdam y de ahí a Tokyo para continuar a Kyoto.

Ir a Kyoto no era tan fácil, y menos un grupo numeroso, porque no se quería separar, lo cual era perfectamente comprensible, ya que no hablaban otro idioma que el japonés.

Llevaban una guía que hablaba un español impoluto. Le expliqué lo que había sucedido y cúales serían las opciones y los siguientes pasos: arreglé las indemnizaciones correspondientes y encontré una ruta inmediata- salía un vuelo en apenas 30 minutos, de esta forma alcanzarían sus conexiones sin problemas. Le consulté a la guía: he encontrado esta opción- ¿está bien? Lo siguiente sería para dentro de dos días.

Sí, sí. –dijo con vehemencia.

Vale, perfecto, manos a la obra. Estresazo de la muerte, porque sabía que si no lo hacía a tiempo, los dulcísimos pasajeros se quedarían tirados durante dos días.

En aquellos tiempos, cuando cambiabas un billete de un pasajero, tenías que escribir a mano el chorizo de los 13 números del billete sobre un papel de calco. Y eran unos cuantos billetes, pero como el tiempo apremiaba me apresuré cuanto pude en escribir los números, mientras la eficientísima chica de la otra compañía aérea se afanaba en sacar tarjetas de embarque como si fueran churros.

La guía se quedó con el grupo de viajeros (y sus maletas) a unos 100 metros del mostrador de facturación.

Corriendo, entre cifra y cifra, me dirigí a la guía: por favor, estamos terminando, sólo tienen que venir a dejar sus maletas al mostrador, quedan apenas 20 minutos para que se cierre el vuelo (los vuelos, por entonces, se cerraban 20 minutos antes del despegue: es decir, ya no se podía facturar/enviar equipaje)

Sí, sí. –dijo con vehemencia.

Bien. Así que volví al mostrador a continuar con la tediosa tarea de remitir billetes vía manual.

Pasaron cinco minutos, pero ni uno solo de los integrantes del grupo de japoneses se había movido un milímetro.

Así que volví a dirigirme a la guía, explicándole que el tiempo apremiaba, estábamos ya a quince minutos del cierre.

Sí, sí. –dijo con vehemencia.

Pero de allí no se movieron ni medio milímetro los pasajeros y mucho menos sus maletas- eso hubiese sido ya el culmen en aquella escena buñueliana. No podía evitar pensar en la película “El Ángel exterminador” (pero era incapaz de recordar las secretas palabras masónicas de petición de socorro que grita uno de los personajes de la película; de haberlas recordado, las hubiera dicho, para que no se dijera que no lo había intentado todo.)

Cuando faltaban cinco minutos para el cierre del vuelo, la chica de la otra compañía y yo rompimos ceremoniosamente las tarjetas de embarque y los billetes en papel de calco, con todas sus cifras. Aquellos pasajeros no iban a montarse en aquél avión, por alguna razón misteriosa.

Así que les mandé al restaurante a comer mientras yo sudaba el uniforme en busca de una ruta mejor rumbo a Kyoto. Finalmente llamé al representante de la aerolínea japonesa Japan Airlines en busca de ayuda. Él encontró una ruta más favorable, a otra ciudad y tomando un tren express. Así que fuimos los dos a preguntarles a los pasajeros si aquella ruta les parecía aceptable.

Sí, sí. –dijeron todos con vehemencia., agitando visiblemente sus cabezas en señal de aprobación.

La guía se deshizo en besos y abrazos, los pasajeros se levantaron en reverencias de agradecimiento y por fin, ante mi estupefacta satisfacción, partieron hacia Kyoto.

Me costó unos años entender lo que había ocurrido en aquella situación, que me explicó mi buena amiga Akiko:

En Japón no está permitido decir “no” (en realidad esto ocurre en mayor o menor medida en muchas culturas, en la nuestra tampoco es muy aceptable, piensa en la cantidad de veces que inventas excusas para no decir “no”- pero desde luego en la cultura japonesa es más extremo que en la nuestra)

De forma que aquellos pasajeros me intentaban decir a su manera, que, por alguna razón, no estaban satisfechos con la solución que yo asumía como la óptima: lo más importante, pensaba yo, era llegar lo antes posible.

Si ahora lo pienso, podría añadir que quizá hubiera algún factor como la desconfianza hacia un extranjero (que además ya había roto su promesa: ellos habían pagado por su billete para ese día y esa hora, y la compañía, que en esos momentos era yo misma, se lo había robado, algo muy grave)- y por ello en cuanto entró en escena un compatriota, las cosas resultaron más aceptables. Quizá influyera también el hecho de que entonces la mayor parte de su trayecto iba a hacerla en una aerolínea japonesa y eso fuera más importante que llegar lo antes posible. Eso lo sé ahora, que conozco un poquito de la cultura japonesa y que además he estudiado antropología.

La forma que tenemos de interpretar los mensajes de las personas está repleta de códigos secretos de los que ni siquiera nos damos cuenta y que hemos aprendido desde pequeños; las palabras no significan siempre lo que tienen que significar, sino todo lo contrario.

Así que yo no estaba leyendo bien el mensaje de los venerables japoneses, que claramente era un “no”. Y nuestra comunicación fue más bien desastrosa. Ellos no podían contarme lo que necesitaban o era importante para ellos y por tanto yo no podía ayudarles a encontrar una solución óptima. Por suerte todo acabó felizmente, pero fue gracias a que intervino un traductor cultural.

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