Pelo mágico, banderas y otros símbolos

De pronto un día te levantas en un lugar donde las cosas no significan lo mismo. Y no es que no conozcas las palabras, no es eso. Simplemente no encajan.

La cultura que nos dieron nuestros padres, profesores, nuestros amigos, nuestras películas, libros, cuadros, anuncios publicitarios; la cultura que heredamos de nuestros héroes nos regala un universo de símbolos que nos ayudan a bucear el mundo. A interpretarlo, pero también a estar en él y, no menos, a actuar en él.

Normalmente cuando intento contarles a mis amigos la importancia de los símbolos, sus pensamientos «pobrecilla, está fatal de lo suyo» se transparentan mientras puedo ver cómo su atención a mi pesante discurso se evapora, se condensa en una nubecilla y desaparece como un rayo en dirección a Marte. La palabra símbolo es injusta consigo misma. Suena a quimera, a título de libro pedante. Suena abstracta.

Pero sin los símbolos no podemos movernos por el mundo, están en cada rincón de nuestras vidas y son tremendamente reales. De hecho, mueven millones de dólares, de horas de trabajo y de horas de disfrute. Pero cuando nos cambiamos de cultura de pronto no nos valen esos códigos que hemos aprendido. Nuestra comunicación no vale un pimiento.

Algunos símbolos son muy evidentes. Por ejemplo, las banderas. Unos pocos, poquísimos colores pueden añadir una complejidad enorme de significados; no hace falta decir una sola palabra, se saca una bandera y una sucesión de valores y eventos se vienen a la cabeza del interlocutor imaginario, del receptor del símbolo.

Pero a mí me gustan más los símbolos más sutiles, los invisibles, aquellos que nos respiran en la nuca sin que nos demos cuenta. Pensemos en el pelo, algo bien cercano. Los significados del pelo siempre me han parecido fascinantes.

Decimos un montón de cosas con el pelo, una de las partes más maleables del cuerpo, hablamos a través de él. Nos leen en él.

El pelo mágico

Qué fantástica combinación de palabras. El pelo se ha entendido y se entiende como un ente con poderes mágicos. Los hechiceros de cierta tribu preparan brebajes con pelo y otros restos corporales para acabar con la existencia de sus víctimas. A medida que el mejunje se pudre, el pobre hechizado pierde la vida. Si nos vamos más cerca, los franceses pensaban que el poder de las brujas residía en sus cabellos y no dudaban en raparlas antes de mandarlas al calorcito de la hoguera. Si nos vamos más cerca en el tiempo, ciertas culturas adjudican culpa al cabello femenino, razón por la cual no puede exhibirse en público. Ciertas culturas que incluyen la nuestra. Aún se piensa que es indecente o poco serio estar en el puesto de trabajo con una larga melena suelta. Como si eso hiciera perder poderes a la dependienta de la tienda, o trabajadora para resolver sus problemas de tránsito en el aeropuerto o fuese incapaz de cobrarle la calculadora de bolsillo casio. Hay que retirarse ese pelo, impedidor de las labores más serias, hay que amarrarlo, ponerle freno.

Cada cultura ofrece sus versiones sobre quién tiene que hacer qué con su pelo.

Quién se hace tonsura, rastas, quién se deja y se quita pelo.

Una de las dimensiones es el color del pelo. Rubios, morenos, pelirrojos....

Cuando hablamos de símbolos hablamos de lo que comunicamos con cosas- y de cómo entienden los demás ciertas cosas. Por ejemplo, cómo se lee el pelo rojo, que les pregunten a los pelirrojos por su injusta fama, construida durante largos siglos en los iconos de nuestra cultura. Por ejemplo, Judas ha sido a menudo retratado con pelo rojo. Rebelde, temperamental... hablamos del estigma la semana pasada: se trata de atribuir a alguien una característica negativa basada en una generalización que suele ser arbitraria, construida. Y quien la sufre puede o no resignarse a su reputación y actuar en consonancia con ella. Porque no, los genes de la rebeldía no van juntos con los del pelo rojo. De la misma forma que el cociente intelectual tampoco guarda ninguna relación genética directa con lo claro u oscuro que se tenga el pelo. Y menos aún diferenciada por género. Que vivan las rubias y que vivan los rubios. Y todos los demás.

Interpretamos a los demás a través de su pelo y usamos el nuestro para definirnos también. Tomando prestados esos significados atribuidos a su longitud, forma y color. Crestas, melenas masculinas, barbas, pelo alisado, pelo rizado.... cada cual con su mensaje. Un documental muy interesante, Good Hair, relata las torturas a las que se someten mujeres africoamericanas para conseguir que su pelo sea largo y liso como el de sus compatriotas de origen europeo. O el prototipo de estas, con el estatus que confiere un pelo liso y largo.

¿A cuántas políticas (españolas) conservadoras conocemos teñidas de pelirrojo? ¿Y cuántas se aplican tonos rubios? ¿Qué significa, qué simboliza el cabello rubio en las mujeres? - aun cuando esto no quiera decir que todas las mujeres que se tiñen el pelo de rubio quieran transmitir el mismo mensaje, por supuesto. Y no todas las culturas usan los símbolos de la misma manera.

En nuestra cultura los albinos carecen de significado como tales, y sin embargo en África los albinos son estigmatizados, excluidos, aislados, perseguidos hasta la muerte, dado que, a pesar de ser considerados infrahumanos, se atribuyen poderes mágicos a sus extremidades.

Al cambiarse de cultura, el significado de las cosas cambia. Y por eso no entendemos nada, porque a pesar de que el símbolo es el mismo, su significado es diferente. Es como si alguien nos dijese: ¿quieres un helado? mientras señala un pantalón.

Una bandera pierde su significado al evaporarse su contexto. Entonces pierde sus valores, su historia, entonces se convierte en una mera combinación de colores.

Y des-aprender todos los complicados códigos que tardamos una vida en aprender es más difícil aún que aprendernos los nuevos. A mí, personalmente, este proceso de deconstrucción me resulta fascinante.

(Si te apetece, te propongo una corta reflexión en la sección de ejercicios)

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